El día de morir ya pasó.
Nunca imaginó que después de casi 54 años de caminar libremente por su tierra como cualquier otro vecino, se vería privado de trabajar con sus animales en sus dominios, de seguir viviendo en ese exilio voluntario al que se había entregado hacía ya casi treinta años.
Desde el infortunado día en que fue secuestrado, su vida nunca volvería a ser la misma. Ya no habría más lechería. No existirían las extensas jornadas a lomo de mula dándole la vuelta a la finca, contando y recontado sus queridos animales. Se borraron de su recuerdo olfativo las flores en el corredor y el aguadulce hirviendo en la madrugada. Los fríjoles jamás le sabrían a cocina de leña y las noches de lluvia dejaron de rugir sobre el techo de zinc.
Le tocó desaprender una vida entera que había comenzado en 1942, cuando la violencia aún no rondaba por las montañas colombianas. Era esa violencia que, cuando fue apareciendo, habría de hacer estragos en su vida una y otra vez.
Mi padre nació un 26 de enero en el cañón del Rosario, un lugar enclavado en los Andes antioqueños. Su padre, Néstor Roldán, un hombre blanco, alto y bien parecido, muchas veces mal humorado autoritario y tosco, contrastaba con la figura de Eulogia Palacio, mi abuela, una mujer con ojos azules como el lapislázuli, calmada como la noche del desierto. Tenía un halo celestial como si estuviese siempre al borde de la Asunción. Lucía frágil pero adentro aguardaba una mujer aguerrida y hacendosa.
En aquel tiempo, había que esperar a que hubieran nacido siquiera dos o tres niños para mandarlos a bautizar en grupo. Con Eulogia o sin Eulogia se iban a lomo de mula. Tomaban el camino de herradura que llevaba hacia el Alto de Ventanas, donde hacían el trasbordo a un camión de escalera con rumbo a Yarumal, que era el pueblo más cercano. Las gotitas de agua en la frente, las palabras del señor cura párroco y listo. Si los niños se morían en el trayecto de vuelta, estaban salvados, o al menos no iban a dar al limbo. En realidad solo se murió uno: Ramón Tadeo, el segundo, que no alcanzó ni el año. Los otros diez niños se criaron: cuatro mujeres y seis hombres. A mi padre le tocó en el primer viaje. Era el cuarto de los diez. Lo acompañaron Tarcisio, el mayor; e Iván, el tercero.
En ese inhóspito lugar y al ritmo del trapiche que cada fin de semana molía sin descanso, el niño se fue haciendo joven. Desde allí viene su devoción por la panela. “La panela se pone cara mijo. Espere y verá”, decía mi abuelo. Y eso dice aún mi padre. ¡Pero qué va! Nunca fue tal. La gente prefirió el Moresco y la Coca Cola.
Los seis primeros años de vida los pasó entre los cañadulzales y la molienda, entre el horno y las pailas. Los días azules de aquellos tiempos le huelen a miel y a cagajón de mula. De ese tiempo inmemorial todavía resuenan los gritos del arriero y el traqueteo de la máquina que hambrienta se atraganta de caña dulce, la de sus dulces sueños.
Más tarde mi padre y su familia se mudaron de la finca Los Naranjos, en el Cañón del Rosario, al barrio Boston en Medellín. La casa nueva estaba justo al frente de la escuela Caracas, en la calle que lleva el mismo nombre. Entre esa escuela y esa casa mi padre vivió hasta que terminó la primaria.
Trece años tenía cuando lo picó el espíritu aventurero que aún lo mantiene vivo. Un día no soportó más al psico-rígido de su padre y en un descuido salió de casa dejando atrás a Eulogia y a sus nueve hermanos.
El puerto del que zarparía después de echar una moneda a la cara y el sello era Guayaquil, el oscuro barrio de arrabal. La moneda decía que la suerte no estaba hacia el Norte, sino que la encontraría por los lados del Valle del Cauca, en el Sur.
Se dio a la marcha y dos días más tarde se encontraba en la ciudad de Cali, trabajando en una gasolinera. N ocasiones hacía de ayudante de camionero. Un año duró su periplo por el Valle, pero sólo hasta los 16 años volvió a casa, y eso porque su padre hizo poner un mensaje en la radio diciendo que Eulogia estaba enferma, cosa que era falsa. Néstor, mi abuelo, estaba convencido de que no se demoraría en llegar. Bien sabía que ella era la luz de los ojos de mi padre.
Pues bien tirado estuvo el anzuelo. Días después, mi padre se hallaba trabajando a sueldo como cualquier otro jornalero en la finca de su padre. Trabajó como administrador durante diez años.
* * *
Él tenía 23. Mi madre estaba por los 19 y acababa de salir del bachillerato y vivía con su familia en Yarumal, donde mi padre y sus hermanos gozaban de una especial popularidad gracias a su belleza física. “Es que eran unas estampas, altos y bonitos, con mucha presencia. Mejor dicho, parecían galanes de cine”, cuentan las mujeres en las heladerías del parque.
De todos, el único que no renunció a las labores en la tierra fue mi padre. Dimitió de ser un hombre culto, pero se empeñó en ser todo un baquiano. Nunca leyó ni una tira cómica en su vida, pero detenta una inteligencia y una malicia que le dieron para desarrollar cabalmente cada una de sus empresas. Incluso tiene más remedios para sus vacas y novillos que el mismo vademécum. Pocas personas le cogen tan bien el punto a la miel antes de ser panela. No existen por estos días hombres capaces de enjalmar una recua de 20 mulas y llegar sanos después de cinco horas de arriería con las cargas de panela intactas.
Fue a parar a la casa de mi madre porque un hermano de ella era muy buen amigo suyo. A la abuela le pareció un hombre bellísimo, pero pronto le habría de encontrar sus defectos. El primero y el más grave fue que este hombre era un borracho de tiempo completo. Hasta el director espiritual le aconsejó a mi madre que ni se le ocurriera casarse con él, pero el amor no escucha razones.
El 17 de junio del 67, después de dos años de noviazgo, acudieron juntos al altar. Cuenta mi madre que en la fiesta de bodas lloraron hasta las gallinas. Para la abuela, sus hermanas y hasta sus cuñadas, Amanda no sabía en la que se había metido. Pero como las mujeres buenas hacen con los hombres lo que les da la gana, y hasta milagros logran, después de la rasca de la noche de bodas, mi padre se pasó cinco años sin tomarse un solo aguardiente.
La luna de miel la hicieron por la costa Caribe. Es sorprendente, al mirarlo en retrospectiva, que la semanita de pasión les costó cuatro mil pesos que eran prestados. Y lo que es más asombroso: ¡Les alcanzo para los traídos!
Seis meses vivió mi madre en “Los Naranjos”. Antes estaba enseñada a las comodidades de su casa y aquel lugar era bastante hostil para una niña mimada. Durante su estadía allí la vida no fue fácil para los dos. A Néstor le hallaron un tumor maligno que le trastornó la realidad y mi padre ya no fue más su hijo preferido. Lo aborreció justo cuando ya empezaba a recoger los frutos de su dedicada vida de casado. Expulsó a mi padre de la finca. La orden fue clara y contundente: “¡Desocupe ya, y no vuelva nunca más por allá!”.
Con las vacas y marranas que había logrado conseguir, mi padre se montó en otra empresa. Se asoció con su suegro y compraron un camión. Era un Ford modelo 54. Desde ese momento y durante diez años su vida estaría en las carreteras. Así conoció casi toda la geografía del país, desde Paraguachón, en la Guajira, hasta Ipiales, en la frontera con Ecuador.
Había pasado un año ya y en el hospital San Juan de Dios, en Yarumal, mi madre daba a luz a su primogénito Jaime Arturo, y un año y medio más tarde sería Néstor Javier quien hiciera el llanto iniciativo de la vida.
Mi padre estaba siempre de viaje. Al principio sólo dormía dos y tres horas al día. Cuando lo cogía el sueño, se tomaba un tinto con aspirina, pero este remedio poco duraba. Cuando la cosa se ponía dura con el sueño, recurría a ayudas extremas. En la guantera mantenía un tarrito de mentolín. No pregunten cómo hacía este hombre, pero se echaba esta pomada en los ojos ¡Y santo remedio! El sueño desaparecía por completo. Con métodos así de poco ortodoxos mi padre extendía sus jornadas al volante para poder pagar las letras del camión y, además, llevar comida y juguetes para la casa.
Paradójicamente, nacía Néstor y se moría Néstor, el abuelo. El cáncer lo había invadido. No le dio para más. Setenta y cuatro años tuvo para hacer y deshacer. En su juventud, cuando se vio muy pelao, se fue a la Costa y se hizo pasar por cura y médico. Debe haber más de una pareja por allá viviendo amancebada por cuenta del abuelo. Troquelaba monedas y jugaba a los dados hasta el día que no pudo de la pena moral por haberle quitado, con sus dados cargados, el jornal completito a uno de sus peones. Ese día aventó los dados cañón abajo y nunca más volvió a jugar.
En su lecho de muerte, ya delirante, se le escuchaba balbucear: “Óscar, Óscar y Amanda que me perdonen”. Mi abuelo materno, en un chispazo poético, habría de decirle a mi madre: “Mija, el perdón es luz que vierte el alma, perdone a ese señor”.
Después de haber librado el primer camión se compró otro: un Dodge 59. En el patio central de la finca de sus suegros los parqueaba juntos y se sentaba a mirarlos. Los mantenía como “una uva”. Por donde quiera que pasara sus camiones causaban admiración. En realidad, no creo haber conocido un mejor cuidador de carros que él.
Siete años después de que naciera Néstor, mis padres estaban esperando la tercera criatura. Quien se hubiera llamado Inés María, si no hubiera tenido pipí. Nació Óscar, el tercero de la casa. La familia seguía creciendo.
* * *
Pero la ley de Murphy ha sido implacable con mi padre. Algo falló y, como efecto dominó, todo empezó a ir de mal en peor, y pocos meses después estaba jodido. Una tarde, antes de llegar a Maicao, lo pararon unos hombres. Lo bajaron del carro y lo amarraron de un palo. Lo habían tirado en un solar ajeno. Estaba más perdido que el hijo de Lindbergh. La casa estaba a más de mil kilómetros de distancia y no tenía idea de cómo iba a hacer para salir de ese monte en el que lo habían amarrado.
Casi seis horas duró atado a ese tronco. Cuando llegó a Rioacha, encontró una nota en la posada donde solía pasar las noches. La razón era que si traía una cantidad no poca de dinero le devolvían el camión. Llamó entonces a Tarcisio, su hermano mayor, que en ese tiempo ya era un afamado abogado. Apareció como Dios: en la máxima necesidad. Le hizo un giro de dinero a Rioacha y le solucionó momentáneamente el problema.
A la mañana siguiente se encontró con los tipos. Y sí señor que le han sabido dar la vuelta. Le dijeron que fuera a recoger el carro a tal parte, pero lo único que encontró fue a un hombre que le preguntó si él era Óscar Roldán, a lo que él respondió que sí. “Piérdase de aquí señor que lo van a matar”, le replicó el hombre. Sin el pan y sin el pedazo, se volvió para la casa en donde estaba mi madre como una Magdalena porque ya estaba enterada de que a mi padre, además de haberle robado el camión, lo habían timado.
Pero al mal trecho pecho. Vendió el otro camión, se pagaron las deudas y al carajo con las llantas y el aceite. Adiós a los atardeceres en la vía y a las dormidas a orilla de carretera.
No sabía mi padre en las honduras que se estaba metiendo. Le ofrecieron una tierra en travesías del Nechí, que queda más o menos en el culo del mundo. De Yarumal hasta allá hay que pasar por Campamento, la mina de asbesto, y luego sigue un trayecto de tres horas y media en mula.
Le propuso a Tarcisio, su mecenas, que se embarcara con él en esta nueva empresa. Juntó lo poco que le quedó de la venta del camión con el aporte de su hermano y la compró. La finca era panelera y en el corazón de mi padre se encendía de nuevo la molienda, de vuelta al guarapo y al trapiche.
Con la frase del abuelo Néstor –“la panela se pone cara mijo”– mi padre tomó las riendas de su propia molienda. La panela, como era de esperarse, nunca se puso cara, pero igual, la finca proporcionaba los medios de subsistencia para los cinco.
Pasaron los primeros años. Mi padre ya estaba adaptado a la zona, y había hecho amistad con el vecindario. Se había dado cuenta, también, de que estaba en medio de un fuego cruzado. De un lado estaban los “muchachos”, “los facinerosos de las FARC”, como los llaman los generales del Ejército. El otro bando era precisamente el dirigido por esos generales. Más temprano que tarde habría de aparecer de nuevo ese sino trágico que quién sabe cual dios ha puesto sobre mi padre.
Una madrugada se levantó como de costumbre a tomarse unos tragos de aguadulce caliente y al abrir la puerta de su dormitorio una luz muy incandescente le cegó la mirada. La ramada, que es en donde funciona el motor y donde se pone a secar el bagazo de la caña, estaba siendo consumida por las llamas. La guerrilla le había metido candela. No tuvo nada más que hacer mi padre que prenderse un cigarrillo y aventarse un guaro doble. Se sentó en una barranca y con una desilusión infinita se dejó sumir en el llanto.
Tres veces hicieron eso con la molienda. Las otras dos fueron vecinos envidiosos que no tenían otra manera de superar la calidad de su producto y acudían al vandalismo para sacar a mi padre de la competencia.
Tres veces la volvió a levantar hasta que ya no pudo más. Cerró la ramada y se dedicó a la ganadería. Tumbó gran parte de los cañadulzales. Levantó potreros y les metió ganado. Con el tiempo, Tarcisio y mi padre fueron comprando pedacitos de tierra y otras fincas pequeñas aledañas a la suya.
Lentamente, mi papá se fue volviendo un ermitaño. Cada quince días salía de la finca y se estaba dos o tres en la casa. Varias veces se vio obligado a quedarse en casa durante un tiempo largo. La primera de ellas fue por un trauma que le quedó después de un día que iba por el camino de herradura con uno de sus vecinos, cuando sintieron el sonido de un tiro. Inmediatamente la mula en la que iba el amigo de mi papá se fue al suelo. El tiro que era para el vecino se lo pegaron al pobre animalito. El señor, como un resorte, salió disparado camino arriba, pero pronto lo alcanzaron. Eran guerrilleros de las FARC. Mi papá les suplicó que no lo mataran, pero fue inútil. “Agáchese don Óscar que usted es un señor, pero este sí es un hijueputa”, le dijeron los “muchachos” a mi papá. Después, le pegaron un tiro a su vecino en la cabeza. Con esa descarnada imagen se devolvió para Yarumal y no volvió a la finca en tres meses. Después mi padre se daría cuenta de que quien había mandado a quemar la ramada fue precisamente el vecino por el que pidió piedad, y entendió que lo que dijeron los guerrilleros no era mentira. El señor era todo un hijueputa.
En una de las estadías de mi padre en la casa y, sin esperarlo, mi madre quedó en cinta. Sería el cuarto hijo. En 1982 nací yo, el último esfuerzo de mi madre. Ya Óscar tenía siete años y los dos mayores eran adolescentes.
Tres años tenía yo cuando mi madre decidió que nos vendríamos a vivir a Medellín. Las cosas en Yarumal se pusieron duras: la violencia acechaba en cada esquina, el pueblo dejó de ser un remanso de paz y se convirtió en un nido de malhechores y forajidos, y ni una cosa ni la otra quería mi madre para nosotros.
Las cosas en la ciudad no estaban mucho mejor que en el pueblo. La violencia del narcotráfico pronto se tomaría las calles. También en el campo las cosas se tornaron color de hormiga. Una vez más mi padre se vio obligado a salir y a dejarlo todo tirado. Esta vez el retiro le duró seis meses. En ese tiempo mi padre se vio obligado a volver al volante. Con un dinero que mi madre había recogido compramos un taxi, pero pronto lo azotarían la depresión y la angustia por estar lejos del terruño.
Un día lo cogió el arrebato y se fue para la finca a encarar a los guerrilleros que le habían ordenado salir de la zona. Arregló con ellos y les hizo entender que él no tenía la culpa de que el Ejército decidiera establecer campamento en su tierra, que él debía ser consecuente con todo el que por su casa pasara. De otra forma ya lo hubieran matado, les dijo.
Pasaron varios años y la desgracia parecía haberse alejado. Ya llevábamos cinco años viviendo en la ciudad. Medellín estaba vuelto todo un mierdero. Las bombas estallaban por doquier. El narcotráfico dio origen al fenómeno del sicariato y las cifras de muertos subían incontrolablemente.
* * *
Un martes 13 de marzo de 1990 las malas noticias llegaron desde la capital. Mi tío Tarcisio, quien para ese entonces ya había montado una prometedora oficina de abogados en Bogotá, había sido asesinado junto con su esposa en su apartamento del Centro.
Una vez más, la desdicha hacía presencia en la vida de mi padre. La noticia la recibió en la finca por la radio. Ensilló su mula y, apresurado, salió para Medellín. En el camino de vuelta a casa lloró y maldijo. No era para menos. Le habían borrado de un tajo a su ídolo. Cuando llegó a Medellín, al encuentro con sus hermanos, le dijo a mi madre: “Mija, me quitaron mi estrella. Ya no me importa nada en la vida”.
El asesinato, como casi todos en este país, nunca tuvo responsables. Las voces hablan de un crimen de Estado y yo pienso parecido. En el momento de su asesinato, Tarcisio había ganado millonarias demandas en contra de la Nación, y había en curso más de setecientas, todas ellas con claras posibilidades de ser ganadas.
Sin sobresaltos, la vida transcurrió con algo de normalidad. Mi padre siguió en su exilio voluntario, por el que cada tanto tiempo debía pagar una suma, la mal llamada vacuna, ya fuese a las FARC o al ELN.
Al parecer, un día no fue suficiente. Se dirigía en compañía de su mayordomo a pagar la vacuna. Cuando llegaron donde estaban los guerrilleros del ELN le dijeron al mayordomo que tenía que devolverse solo, que mi papá quedaba retenido. Sin eufemismos pseudorevolucionarios, eso sencilla y llanamente, señores, se llama secuestro.
* * *
“El día de morir ya pasó. El día de la muerte fue hace dos días, que me le iba a aventar al Nechí”. Dos meses antes de oírle pronunciar estas palabras, lo vi salir de casa con sus alforjas ajadas por el sol y cuarteadas por el sudor del lomo de su mula parda. Llevaba también su sombrero alón y su infalible poncho blanco a rayas, así como su adorado carriel jericoano, ese mismo que brilla como zapatillas de marinero y tiene más bolsillos que el chaleco de un fotógrafo.
Salió como de costumbre antes que rayara el alba. Siempre ha sido una persona de madrugar a frentear el corte, como dice él. Se dirigía hacia Anorí, municipio también cercano a la finca y por el cual accedía desde que se había abierto un esbozo de carretera.
Siete horas hay por un camino tortuoso entre Medellín y Anorí, eso cuando el invierno no ha anegado la vía que los conecta. Cuando llegó, como de costumbre, llamó a su casa a decir que había llegado sano y salvo, y emprendió el camino que sigue entre Anorí y su finca. Hasta ese momento tuvimos contacto con papá.
Pasó una semana hasta que el mayordomo de la finca llamó a mi hermano con voz temblorosa y le dijo lo que por la situación y los riesgos a que se enfrentaba mi padre, de una manera u otra, esperábamos que algún día sucediera.
“Don Jaime, a su papá lo secuestraron”, dijo la voz entrecortada del otro lado de la bocina. “Nosotros bajábamos a llevar la plata que los Elenos le habían pedido a su papá y allá lo dejaron”. Desde ese momento y durante dos meses, mi familia y yo pasamos una de las penas más grandes que una familia puede padecer.
Anorí, donde “muchos nace pero pocos se crían”, según el adagio popular, fue el primer municipio de Antioquia donde surgió el Ejército de Liberación Nacional, ELN, después del asesinato, a manos del Estado, de unos tales hermanos Vásquez Castaño. Éste, precisamente, fue el grupo que retuvo a mi padre, el mismo que según el Gaula tiene retenidos en esa zona a cerca de diez comerciantes. La gente los conoce como los elenos, esos mismos que están tratando de negociar una escurridiza paz con el gobierno, que prendieron candela a un pueblo entero cuando dinamitaron un oleoducto, que tenían a un cura por comandante.
En fin, al noveno día de cautiverio llamaron a mi casa y preciso me cogieron solo. Eran eso de las ocho de la mañana y yo estaba aún entre dormido. Estaban comidas todas las uñas y yo flaco de no comer. “Buenas, mire, lo llamamos del Ejército de Liberación Nacional ELN. Es que nosotros tenemos retenido a su papá. Llamo es a ver cómo podemos arreglar pues pa´ entregáselo”.
Desde ese momento comienza lo peor. La negociación es la parte en la que se apoderan de las pobres familias, amedrentan al que conteste y, si lo cogen de capa caída, ese teléfono que uno tiene en la oreja lo siente como un fusil AK 47 en la cien. Se aprovechan del poder de la palabra y te dejan inmovilizado.
Afortunadamente, en nuestro caso hicimos un trabajo de inteligencia con mi familia y llegamos al acuerdo de que quien iba a llevar la negociación sería Néstor, mi hermano. De ahí en más, él estuvo al frente de ellos y nosotros haciéndole barra para que no se dejara amedrentar.
Llamaban cuando les daba la gana. Pedían lo que les daba la gana. Y, eso sí, decían las cosas de la manera más simple, pero también de la más intimidante.
Así se pasaron los dos meses de cautiverio. Ellos jueguen con uno y uno rece lo que se sepa. Creo que conocí los santos que nadie se pueda imaginar, y no sólo santos. Desde ese tiempo tengo muchos elefantes pequeñitos en la pieza dizque porque son de buena suerte. Tengo también un atrapasueños para las pesadillas que me asaltaban a media noche, y, además, hasta un beato paisano mío, a Marianito.
Ellos creían estar recateando como turcos por marfil. Nosotros teníamos, para dar por la vida de mi padre, un mísero trozo de marfil, pero querían tres de éstos, y nosotros no los teníamos. Y así iba el tira y afloja hasta que conseguimos negociar la liberación de papá, como hacen la mayoría de las familias de los secuestrados.
El 20 de mayo nos fuimos todos hacia Yarumal. La entrega se haría en un corregimiento cercano. Como no queríamos dar papaya, como dice el dicho, enviamos un carrito campero de un señor que trabaja por la zona al encuentro de papá. La espera fue terrible, hasta que de pronto ¡Ring ring! Sonó el teléfono. “¿Qué hubo mijo?”, dijo una voz quebrada de llanto del otro lado de la bocina. Era él, mi papá.
Vayan bajando que en quince minutos estoy llegando. Raudos y veloces salimos a su encuentro. “¡Ahí viene!”, gritó mi hermano. Estábamos en una carretera destapada donde no se veía ni para conversar, como diría mi papá. Pero ahí estaba él. Apenas vio a su familia reunida lloró y gritó de la emoción. Cuando me abrazó, me dijo al oído: “El día de morir ya pasó. El día de la muerte fue hace dos días, que me le iba a aventar al Nechí”.
* * *
El secuestro terminó, por lo menos el de las montañas, porque acá en Medellín lo esperaba otro encierro, menos trágico, pero no por eso menos doloroso.
A su finca nunca más pudo regresar. La está administrando un antiguo trabajador de confianza con el que habla un par de veces diarias por un teléfono celular que todavía no aprende a manejar.
La incomoda rutina de la ciudad se apoderó de su vida. Para su infortunio, su hábitat se redujo a 98 metros cuadrados. Es la medida de la casa. Los recuerdos no cesan, y los arrebatos de coger el camino de vuelta son peores que un síndrome de abstinencia.
Ya los callos de sus manos desaparecieron. El trabajo, sin el siquiera desearlo, se le acabó. Fue condenado a una jubilación forzada. Ahora, lo más rudo que hace es pelar papas y lavar los platos. Las flores del corredor de la finca se las tuvo que inventar en el antejardín de la casa. Y al horizonte que divisaba desde el lomo de su mula parda ya le toca buscarlo en los documentales de animales que ve todo el día en la televisión.
Nunca imaginó que después de casi 54 años de caminar libremente por su tierra como cualquier otro vecino, se vería privado de trabajar con sus animales en sus dominios, de seguir viviendo en ese exilio voluntario al que se había entregado hacía ya casi treinta años.
Desde el infortunado día en que fue secuestrado, su vida nunca volvería a ser la misma. Ya no habría más lechería. No existirían las extensas jornadas a lomo de mula dándole la vuelta a la finca, contando y recontado sus queridos animales. Se borraron de su recuerdo olfativo las flores en el corredor y el aguadulce hirviendo en la madrugada. Los fríjoles jamás le sabrían a cocina de leña y las noches de lluvia dejaron de rugir sobre el techo de zinc.
Le tocó desaprender una vida entera que había comenzado en 1942, cuando la violencia aún no rondaba por las montañas colombianas. Era esa violencia que, cuando fue apareciendo, habría de hacer estragos en su vida una y otra vez.
Mi padre nació un 26 de enero en el cañón del Rosario, un lugar enclavado en los Andes antioqueños. Su padre, Néstor Roldán, un hombre blanco, alto y bien parecido, muchas veces mal humorado autoritario y tosco, contrastaba con la figura de Eulogia Palacio, mi abuela, una mujer con ojos azules como el lapislázuli, calmada como la noche del desierto. Tenía un halo celestial como si estuviese siempre al borde de la Asunción. Lucía frágil pero adentro aguardaba una mujer aguerrida y hacendosa.
En aquel tiempo, había que esperar a que hubieran nacido siquiera dos o tres niños para mandarlos a bautizar en grupo. Con Eulogia o sin Eulogia se iban a lomo de mula. Tomaban el camino de herradura que llevaba hacia el Alto de Ventanas, donde hacían el trasbordo a un camión de escalera con rumbo a Yarumal, que era el pueblo más cercano. Las gotitas de agua en la frente, las palabras del señor cura párroco y listo. Si los niños se morían en el trayecto de vuelta, estaban salvados, o al menos no iban a dar al limbo. En realidad solo se murió uno: Ramón Tadeo, el segundo, que no alcanzó ni el año. Los otros diez niños se criaron: cuatro mujeres y seis hombres. A mi padre le tocó en el primer viaje. Era el cuarto de los diez. Lo acompañaron Tarcisio, el mayor; e Iván, el tercero.
En ese inhóspito lugar y al ritmo del trapiche que cada fin de semana molía sin descanso, el niño se fue haciendo joven. Desde allí viene su devoción por la panela. “La panela se pone cara mijo. Espere y verá”, decía mi abuelo. Y eso dice aún mi padre. ¡Pero qué va! Nunca fue tal. La gente prefirió el Moresco y la Coca Cola.
Los seis primeros años de vida los pasó entre los cañadulzales y la molienda, entre el horno y las pailas. Los días azules de aquellos tiempos le huelen a miel y a cagajón de mula. De ese tiempo inmemorial todavía resuenan los gritos del arriero y el traqueteo de la máquina que hambrienta se atraganta de caña dulce, la de sus dulces sueños.
Más tarde mi padre y su familia se mudaron de la finca Los Naranjos, en el Cañón del Rosario, al barrio Boston en Medellín. La casa nueva estaba justo al frente de la escuela Caracas, en la calle que lleva el mismo nombre. Entre esa escuela y esa casa mi padre vivió hasta que terminó la primaria.
Trece años tenía cuando lo picó el espíritu aventurero que aún lo mantiene vivo. Un día no soportó más al psico-rígido de su padre y en un descuido salió de casa dejando atrás a Eulogia y a sus nueve hermanos.
El puerto del que zarparía después de echar una moneda a la cara y el sello era Guayaquil, el oscuro barrio de arrabal. La moneda decía que la suerte no estaba hacia el Norte, sino que la encontraría por los lados del Valle del Cauca, en el Sur.
Se dio a la marcha y dos días más tarde se encontraba en la ciudad de Cali, trabajando en una gasolinera. N ocasiones hacía de ayudante de camionero. Un año duró su periplo por el Valle, pero sólo hasta los 16 años volvió a casa, y eso porque su padre hizo poner un mensaje en la radio diciendo que Eulogia estaba enferma, cosa que era falsa. Néstor, mi abuelo, estaba convencido de que no se demoraría en llegar. Bien sabía que ella era la luz de los ojos de mi padre.
Pues bien tirado estuvo el anzuelo. Días después, mi padre se hallaba trabajando a sueldo como cualquier otro jornalero en la finca de su padre. Trabajó como administrador durante diez años.
* * *
Él tenía 23. Mi madre estaba por los 19 y acababa de salir del bachillerato y vivía con su familia en Yarumal, donde mi padre y sus hermanos gozaban de una especial popularidad gracias a su belleza física. “Es que eran unas estampas, altos y bonitos, con mucha presencia. Mejor dicho, parecían galanes de cine”, cuentan las mujeres en las heladerías del parque.
De todos, el único que no renunció a las labores en la tierra fue mi padre. Dimitió de ser un hombre culto, pero se empeñó en ser todo un baquiano. Nunca leyó ni una tira cómica en su vida, pero detenta una inteligencia y una malicia que le dieron para desarrollar cabalmente cada una de sus empresas. Incluso tiene más remedios para sus vacas y novillos que el mismo vademécum. Pocas personas le cogen tan bien el punto a la miel antes de ser panela. No existen por estos días hombres capaces de enjalmar una recua de 20 mulas y llegar sanos después de cinco horas de arriería con las cargas de panela intactas.
Fue a parar a la casa de mi madre porque un hermano de ella era muy buen amigo suyo. A la abuela le pareció un hombre bellísimo, pero pronto le habría de encontrar sus defectos. El primero y el más grave fue que este hombre era un borracho de tiempo completo. Hasta el director espiritual le aconsejó a mi madre que ni se le ocurriera casarse con él, pero el amor no escucha razones.
El 17 de junio del 67, después de dos años de noviazgo, acudieron juntos al altar. Cuenta mi madre que en la fiesta de bodas lloraron hasta las gallinas. Para la abuela, sus hermanas y hasta sus cuñadas, Amanda no sabía en la que se había metido. Pero como las mujeres buenas hacen con los hombres lo que les da la gana, y hasta milagros logran, después de la rasca de la noche de bodas, mi padre se pasó cinco años sin tomarse un solo aguardiente.
La luna de miel la hicieron por la costa Caribe. Es sorprendente, al mirarlo en retrospectiva, que la semanita de pasión les costó cuatro mil pesos que eran prestados. Y lo que es más asombroso: ¡Les alcanzo para los traídos!
Seis meses vivió mi madre en “Los Naranjos”. Antes estaba enseñada a las comodidades de su casa y aquel lugar era bastante hostil para una niña mimada. Durante su estadía allí la vida no fue fácil para los dos. A Néstor le hallaron un tumor maligno que le trastornó la realidad y mi padre ya no fue más su hijo preferido. Lo aborreció justo cuando ya empezaba a recoger los frutos de su dedicada vida de casado. Expulsó a mi padre de la finca. La orden fue clara y contundente: “¡Desocupe ya, y no vuelva nunca más por allá!”.
Con las vacas y marranas que había logrado conseguir, mi padre se montó en otra empresa. Se asoció con su suegro y compraron un camión. Era un Ford modelo 54. Desde ese momento y durante diez años su vida estaría en las carreteras. Así conoció casi toda la geografía del país, desde Paraguachón, en la Guajira, hasta Ipiales, en la frontera con Ecuador.
Había pasado un año ya y en el hospital San Juan de Dios, en Yarumal, mi madre daba a luz a su primogénito Jaime Arturo, y un año y medio más tarde sería Néstor Javier quien hiciera el llanto iniciativo de la vida.
Mi padre estaba siempre de viaje. Al principio sólo dormía dos y tres horas al día. Cuando lo cogía el sueño, se tomaba un tinto con aspirina, pero este remedio poco duraba. Cuando la cosa se ponía dura con el sueño, recurría a ayudas extremas. En la guantera mantenía un tarrito de mentolín. No pregunten cómo hacía este hombre, pero se echaba esta pomada en los ojos ¡Y santo remedio! El sueño desaparecía por completo. Con métodos así de poco ortodoxos mi padre extendía sus jornadas al volante para poder pagar las letras del camión y, además, llevar comida y juguetes para la casa.
Paradójicamente, nacía Néstor y se moría Néstor, el abuelo. El cáncer lo había invadido. No le dio para más. Setenta y cuatro años tuvo para hacer y deshacer. En su juventud, cuando se vio muy pelao, se fue a la Costa y se hizo pasar por cura y médico. Debe haber más de una pareja por allá viviendo amancebada por cuenta del abuelo. Troquelaba monedas y jugaba a los dados hasta el día que no pudo de la pena moral por haberle quitado, con sus dados cargados, el jornal completito a uno de sus peones. Ese día aventó los dados cañón abajo y nunca más volvió a jugar.
En su lecho de muerte, ya delirante, se le escuchaba balbucear: “Óscar, Óscar y Amanda que me perdonen”. Mi abuelo materno, en un chispazo poético, habría de decirle a mi madre: “Mija, el perdón es luz que vierte el alma, perdone a ese señor”.
Después de haber librado el primer camión se compró otro: un Dodge 59. En el patio central de la finca de sus suegros los parqueaba juntos y se sentaba a mirarlos. Los mantenía como “una uva”. Por donde quiera que pasara sus camiones causaban admiración. En realidad, no creo haber conocido un mejor cuidador de carros que él.
Siete años después de que naciera Néstor, mis padres estaban esperando la tercera criatura. Quien se hubiera llamado Inés María, si no hubiera tenido pipí. Nació Óscar, el tercero de la casa. La familia seguía creciendo.
* * *
Pero la ley de Murphy ha sido implacable con mi padre. Algo falló y, como efecto dominó, todo empezó a ir de mal en peor, y pocos meses después estaba jodido. Una tarde, antes de llegar a Maicao, lo pararon unos hombres. Lo bajaron del carro y lo amarraron de un palo. Lo habían tirado en un solar ajeno. Estaba más perdido que el hijo de Lindbergh. La casa estaba a más de mil kilómetros de distancia y no tenía idea de cómo iba a hacer para salir de ese monte en el que lo habían amarrado.
Casi seis horas duró atado a ese tronco. Cuando llegó a Rioacha, encontró una nota en la posada donde solía pasar las noches. La razón era que si traía una cantidad no poca de dinero le devolvían el camión. Llamó entonces a Tarcisio, su hermano mayor, que en ese tiempo ya era un afamado abogado. Apareció como Dios: en la máxima necesidad. Le hizo un giro de dinero a Rioacha y le solucionó momentáneamente el problema.
A la mañana siguiente se encontró con los tipos. Y sí señor que le han sabido dar la vuelta. Le dijeron que fuera a recoger el carro a tal parte, pero lo único que encontró fue a un hombre que le preguntó si él era Óscar Roldán, a lo que él respondió que sí. “Piérdase de aquí señor que lo van a matar”, le replicó el hombre. Sin el pan y sin el pedazo, se volvió para la casa en donde estaba mi madre como una Magdalena porque ya estaba enterada de que a mi padre, además de haberle robado el camión, lo habían timado.
Pero al mal trecho pecho. Vendió el otro camión, se pagaron las deudas y al carajo con las llantas y el aceite. Adiós a los atardeceres en la vía y a las dormidas a orilla de carretera.
No sabía mi padre en las honduras que se estaba metiendo. Le ofrecieron una tierra en travesías del Nechí, que queda más o menos en el culo del mundo. De Yarumal hasta allá hay que pasar por Campamento, la mina de asbesto, y luego sigue un trayecto de tres horas y media en mula.
Le propuso a Tarcisio, su mecenas, que se embarcara con él en esta nueva empresa. Juntó lo poco que le quedó de la venta del camión con el aporte de su hermano y la compró. La finca era panelera y en el corazón de mi padre se encendía de nuevo la molienda, de vuelta al guarapo y al trapiche.
Con la frase del abuelo Néstor –“la panela se pone cara mijo”– mi padre tomó las riendas de su propia molienda. La panela, como era de esperarse, nunca se puso cara, pero igual, la finca proporcionaba los medios de subsistencia para los cinco.
Pasaron los primeros años. Mi padre ya estaba adaptado a la zona, y había hecho amistad con el vecindario. Se había dado cuenta, también, de que estaba en medio de un fuego cruzado. De un lado estaban los “muchachos”, “los facinerosos de las FARC”, como los llaman los generales del Ejército. El otro bando era precisamente el dirigido por esos generales. Más temprano que tarde habría de aparecer de nuevo ese sino trágico que quién sabe cual dios ha puesto sobre mi padre.
Una madrugada se levantó como de costumbre a tomarse unos tragos de aguadulce caliente y al abrir la puerta de su dormitorio una luz muy incandescente le cegó la mirada. La ramada, que es en donde funciona el motor y donde se pone a secar el bagazo de la caña, estaba siendo consumida por las llamas. La guerrilla le había metido candela. No tuvo nada más que hacer mi padre que prenderse un cigarrillo y aventarse un guaro doble. Se sentó en una barranca y con una desilusión infinita se dejó sumir en el llanto.
Tres veces hicieron eso con la molienda. Las otras dos fueron vecinos envidiosos que no tenían otra manera de superar la calidad de su producto y acudían al vandalismo para sacar a mi padre de la competencia.
Tres veces la volvió a levantar hasta que ya no pudo más. Cerró la ramada y se dedicó a la ganadería. Tumbó gran parte de los cañadulzales. Levantó potreros y les metió ganado. Con el tiempo, Tarcisio y mi padre fueron comprando pedacitos de tierra y otras fincas pequeñas aledañas a la suya.
Lentamente, mi papá se fue volviendo un ermitaño. Cada quince días salía de la finca y se estaba dos o tres en la casa. Varias veces se vio obligado a quedarse en casa durante un tiempo largo. La primera de ellas fue por un trauma que le quedó después de un día que iba por el camino de herradura con uno de sus vecinos, cuando sintieron el sonido de un tiro. Inmediatamente la mula en la que iba el amigo de mi papá se fue al suelo. El tiro que era para el vecino se lo pegaron al pobre animalito. El señor, como un resorte, salió disparado camino arriba, pero pronto lo alcanzaron. Eran guerrilleros de las FARC. Mi papá les suplicó que no lo mataran, pero fue inútil. “Agáchese don Óscar que usted es un señor, pero este sí es un hijueputa”, le dijeron los “muchachos” a mi papá. Después, le pegaron un tiro a su vecino en la cabeza. Con esa descarnada imagen se devolvió para Yarumal y no volvió a la finca en tres meses. Después mi padre se daría cuenta de que quien había mandado a quemar la ramada fue precisamente el vecino por el que pidió piedad, y entendió que lo que dijeron los guerrilleros no era mentira. El señor era todo un hijueputa.
En una de las estadías de mi padre en la casa y, sin esperarlo, mi madre quedó en cinta. Sería el cuarto hijo. En 1982 nací yo, el último esfuerzo de mi madre. Ya Óscar tenía siete años y los dos mayores eran adolescentes.
Tres años tenía yo cuando mi madre decidió que nos vendríamos a vivir a Medellín. Las cosas en Yarumal se pusieron duras: la violencia acechaba en cada esquina, el pueblo dejó de ser un remanso de paz y se convirtió en un nido de malhechores y forajidos, y ni una cosa ni la otra quería mi madre para nosotros.
Las cosas en la ciudad no estaban mucho mejor que en el pueblo. La violencia del narcotráfico pronto se tomaría las calles. También en el campo las cosas se tornaron color de hormiga. Una vez más mi padre se vio obligado a salir y a dejarlo todo tirado. Esta vez el retiro le duró seis meses. En ese tiempo mi padre se vio obligado a volver al volante. Con un dinero que mi madre había recogido compramos un taxi, pero pronto lo azotarían la depresión y la angustia por estar lejos del terruño.
Un día lo cogió el arrebato y se fue para la finca a encarar a los guerrilleros que le habían ordenado salir de la zona. Arregló con ellos y les hizo entender que él no tenía la culpa de que el Ejército decidiera establecer campamento en su tierra, que él debía ser consecuente con todo el que por su casa pasara. De otra forma ya lo hubieran matado, les dijo.
Pasaron varios años y la desgracia parecía haberse alejado. Ya llevábamos cinco años viviendo en la ciudad. Medellín estaba vuelto todo un mierdero. Las bombas estallaban por doquier. El narcotráfico dio origen al fenómeno del sicariato y las cifras de muertos subían incontrolablemente.
* * *
Un martes 13 de marzo de 1990 las malas noticias llegaron desde la capital. Mi tío Tarcisio, quien para ese entonces ya había montado una prometedora oficina de abogados en Bogotá, había sido asesinado junto con su esposa en su apartamento del Centro.
Una vez más, la desdicha hacía presencia en la vida de mi padre. La noticia la recibió en la finca por la radio. Ensilló su mula y, apresurado, salió para Medellín. En el camino de vuelta a casa lloró y maldijo. No era para menos. Le habían borrado de un tajo a su ídolo. Cuando llegó a Medellín, al encuentro con sus hermanos, le dijo a mi madre: “Mija, me quitaron mi estrella. Ya no me importa nada en la vida”.
El asesinato, como casi todos en este país, nunca tuvo responsables. Las voces hablan de un crimen de Estado y yo pienso parecido. En el momento de su asesinato, Tarcisio había ganado millonarias demandas en contra de la Nación, y había en curso más de setecientas, todas ellas con claras posibilidades de ser ganadas.
Sin sobresaltos, la vida transcurrió con algo de normalidad. Mi padre siguió en su exilio voluntario, por el que cada tanto tiempo debía pagar una suma, la mal llamada vacuna, ya fuese a las FARC o al ELN.
Al parecer, un día no fue suficiente. Se dirigía en compañía de su mayordomo a pagar la vacuna. Cuando llegaron donde estaban los guerrilleros del ELN le dijeron al mayordomo que tenía que devolverse solo, que mi papá quedaba retenido. Sin eufemismos pseudorevolucionarios, eso sencilla y llanamente, señores, se llama secuestro.
* * *
“El día de morir ya pasó. El día de la muerte fue hace dos días, que me le iba a aventar al Nechí”. Dos meses antes de oírle pronunciar estas palabras, lo vi salir de casa con sus alforjas ajadas por el sol y cuarteadas por el sudor del lomo de su mula parda. Llevaba también su sombrero alón y su infalible poncho blanco a rayas, así como su adorado carriel jericoano, ese mismo que brilla como zapatillas de marinero y tiene más bolsillos que el chaleco de un fotógrafo.
Salió como de costumbre antes que rayara el alba. Siempre ha sido una persona de madrugar a frentear el corte, como dice él. Se dirigía hacia Anorí, municipio también cercano a la finca y por el cual accedía desde que se había abierto un esbozo de carretera.
Siete horas hay por un camino tortuoso entre Medellín y Anorí, eso cuando el invierno no ha anegado la vía que los conecta. Cuando llegó, como de costumbre, llamó a su casa a decir que había llegado sano y salvo, y emprendió el camino que sigue entre Anorí y su finca. Hasta ese momento tuvimos contacto con papá.
Pasó una semana hasta que el mayordomo de la finca llamó a mi hermano con voz temblorosa y le dijo lo que por la situación y los riesgos a que se enfrentaba mi padre, de una manera u otra, esperábamos que algún día sucediera.
“Don Jaime, a su papá lo secuestraron”, dijo la voz entrecortada del otro lado de la bocina. “Nosotros bajábamos a llevar la plata que los Elenos le habían pedido a su papá y allá lo dejaron”. Desde ese momento y durante dos meses, mi familia y yo pasamos una de las penas más grandes que una familia puede padecer.
Anorí, donde “muchos nace pero pocos se crían”, según el adagio popular, fue el primer municipio de Antioquia donde surgió el Ejército de Liberación Nacional, ELN, después del asesinato, a manos del Estado, de unos tales hermanos Vásquez Castaño. Éste, precisamente, fue el grupo que retuvo a mi padre, el mismo que según el Gaula tiene retenidos en esa zona a cerca de diez comerciantes. La gente los conoce como los elenos, esos mismos que están tratando de negociar una escurridiza paz con el gobierno, que prendieron candela a un pueblo entero cuando dinamitaron un oleoducto, que tenían a un cura por comandante.
En fin, al noveno día de cautiverio llamaron a mi casa y preciso me cogieron solo. Eran eso de las ocho de la mañana y yo estaba aún entre dormido. Estaban comidas todas las uñas y yo flaco de no comer. “Buenas, mire, lo llamamos del Ejército de Liberación Nacional ELN. Es que nosotros tenemos retenido a su papá. Llamo es a ver cómo podemos arreglar pues pa´ entregáselo”.
Desde ese momento comienza lo peor. La negociación es la parte en la que se apoderan de las pobres familias, amedrentan al que conteste y, si lo cogen de capa caída, ese teléfono que uno tiene en la oreja lo siente como un fusil AK 47 en la cien. Se aprovechan del poder de la palabra y te dejan inmovilizado.
Afortunadamente, en nuestro caso hicimos un trabajo de inteligencia con mi familia y llegamos al acuerdo de que quien iba a llevar la negociación sería Néstor, mi hermano. De ahí en más, él estuvo al frente de ellos y nosotros haciéndole barra para que no se dejara amedrentar.
Llamaban cuando les daba la gana. Pedían lo que les daba la gana. Y, eso sí, decían las cosas de la manera más simple, pero también de la más intimidante.
Así se pasaron los dos meses de cautiverio. Ellos jueguen con uno y uno rece lo que se sepa. Creo que conocí los santos que nadie se pueda imaginar, y no sólo santos. Desde ese tiempo tengo muchos elefantes pequeñitos en la pieza dizque porque son de buena suerte. Tengo también un atrapasueños para las pesadillas que me asaltaban a media noche, y, además, hasta un beato paisano mío, a Marianito.
Ellos creían estar recateando como turcos por marfil. Nosotros teníamos, para dar por la vida de mi padre, un mísero trozo de marfil, pero querían tres de éstos, y nosotros no los teníamos. Y así iba el tira y afloja hasta que conseguimos negociar la liberación de papá, como hacen la mayoría de las familias de los secuestrados.
El 20 de mayo nos fuimos todos hacia Yarumal. La entrega se haría en un corregimiento cercano. Como no queríamos dar papaya, como dice el dicho, enviamos un carrito campero de un señor que trabaja por la zona al encuentro de papá. La espera fue terrible, hasta que de pronto ¡Ring ring! Sonó el teléfono. “¿Qué hubo mijo?”, dijo una voz quebrada de llanto del otro lado de la bocina. Era él, mi papá.
Vayan bajando que en quince minutos estoy llegando. Raudos y veloces salimos a su encuentro. “¡Ahí viene!”, gritó mi hermano. Estábamos en una carretera destapada donde no se veía ni para conversar, como diría mi papá. Pero ahí estaba él. Apenas vio a su familia reunida lloró y gritó de la emoción. Cuando me abrazó, me dijo al oído: “El día de morir ya pasó. El día de la muerte fue hace dos días, que me le iba a aventar al Nechí”.
* * *
El secuestro terminó, por lo menos el de las montañas, porque acá en Medellín lo esperaba otro encierro, menos trágico, pero no por eso menos doloroso.
A su finca nunca más pudo regresar. La está administrando un antiguo trabajador de confianza con el que habla un par de veces diarias por un teléfono celular que todavía no aprende a manejar.
La incomoda rutina de la ciudad se apoderó de su vida. Para su infortunio, su hábitat se redujo a 98 metros cuadrados. Es la medida de la casa. Los recuerdos no cesan, y los arrebatos de coger el camino de vuelta son peores que un síndrome de abstinencia.
Ya los callos de sus manos desaparecieron. El trabajo, sin el siquiera desearlo, se le acabó. Fue condenado a una jubilación forzada. Ahora, lo más rudo que hace es pelar papas y lavar los platos. Las flores del corredor de la finca se las tuvo que inventar en el antejardín de la casa. Y al horizonte que divisaba desde el lomo de su mula parda ya le toca buscarlo en los documentales de animales que ve todo el día en la televisión.
