Friday, November 23, 2007

El tamaño de la miseria.

En la década del treinta del siglo pasado Medellín apenas se configuraba como una ciudad “medianamente” importante, las grandes industrias que ocupan largas extensiones de tierras comenzaron a aparecer en, lo que para entonces fuera, las afueras de la ciudad.

Cerca del barrio Colombia, en los predios de la finca “Las playas” fue fundada la Siderúrgica Medellín S.A, SIMESA, que junto con su vecina, Cementos Argos son tal vez algunas de las industrias que más han aportado al deterioro del aire en el valle de Aburrá.

En la segunda, que hace poco demolió sus silos y apagó sus chimeneas, cuyo lote tiene una privilegiada ubicación, justo en frente del río Medellín a la altura de la calle treinta se está construyendo un modernísimo edificio que albergará la oficina principal de uno de los bancos más ricos de Suramérica, Bancolombia, que es a su vez el propietario de Valores Simesa S.A. que es la empresa que promociona el plan parcial “La gran manzana de Simesa”, que se vende con el nombre de Ciudad del río.

Éste es, en todo el mal sentido de la palabra, un ambicioso proyecto que busca urbanizar el perfecto espacio en el que Medellín podría tener su parque metropolitano como las ciudades “medianamente” importantes.

Justo ahora, que en todo el mundo se habla del apocalíptico calentamiento global, que en las grandes naciones, aunque tarde, se están tomando medidas para contrarrestarlo, en este estrecho y recalentado Valle de Aburrá sus prohombres, los “dueños del letrero” como se dice popularmente, sigan siendo tan arboricidas como cuando se podía y además no se sabía.

La siderurgia es gran emisora de gases contaminantes, la que funcionó en esta ciudad lo hizo de manera continua, contaminado sistemáticamente durante casi 65 años. Ahora, el lote de Simesa y otro grupo de empresas como, Cartón de Colombia, Holasa y otras menos importantes también propiedad del grupo Banconlombia, en un plazo máximo de 20 años será “La gran manzana de Simesa”.

El tamaño total del predio es de 306 mil 216 metros cuadrados, de los cuales “donaron” a la ciudad 60 mil, que son en fin de cuentas los resquicios de tierra que es imposible urbanizar, además porque algún verde habrá que dejarles a los allí vivientes.

Aparte de la bien sabida tacañería e inconciencia de los ricos de esta ciudad, se suma la mala planeación que ha tenido y sigue teniendo Medellín, ¿Cómo es posible que después de que se acaba de realizar el Plan de Ordenamiento Territorial – POT – , no se halla destinado este gran lote a un parque Metropolitano? Especialmente, cuando más falta nos hace, entre otras causas, porque debido a la contaminación generada por industrias como las que antes mencioné, los habitantes de la tacita de te nos hemos mudado a una de smog. Además desde el mero punto de vista estético para adornar el baluarte del empresariado antioqueño hubiera sido mucho más admirable un gran jardín, un jardín del tamaño de “La gran manzana de Simesa”, un jardín que estuviera acorde con el tamaño de sus arcas

No esperaré nunca nada de los más ricos de los ricos, pues por algo lo serán, pero sí me remuerde su inconciencia, la incapacidad de ver más allá del beneficio de sus ya bien hinchados bolsillos.

Con un parque, el resto de los medellinenses les hubiéramos quedado altamente agradecidos, hubiera sido grato poder pasear por el parque de Medellín con los sobrinos, pero por un parque de verdad, no uno de esos parques de media cuadra a la que nos hemos acostumbrado a tener en esta ciudad, parques que han sido concebidos como unos pequeños comodines y no como espacios de encuentro. Y lo más importante, por estos días tan calurosos, nos proporcionaría el oxígeno que durante muchos años las sucias chimeneas echaron al traste.

Tuesday, April 17, 2007

El día de morir ya pasó.

Nunca imaginó que después de casi 54 años de caminar libremente por su tierra como cualquier otro vecino, se vería privado de trabajar con sus animales en sus dominios, de seguir viviendo en ese exilio voluntario al que se había entregado hacía ya casi treinta años.

Desde el infortunado día en que fue secuestrado, su vida nunca volvería a ser la misma. Ya no habría más lechería. No existirían las extensas jornadas a lomo de mula dándole la vuelta a la finca, contando y recontado sus queridos animales. Se borraron de su recuerdo olfativo las flores en el corredor y el aguadulce hirviendo en la madrugada. Los fríjoles jamás le sabrían a cocina de leña y las noches de lluvia dejaron de rugir sobre el techo de zinc.

Le tocó desaprender una vida entera que había comenzado en 1942, cuando la violencia aún no rondaba por las montañas colombianas. Era esa violencia que, cuando fue apareciendo, habría de hacer estragos en su vida una y otra vez.

Mi padre nació un 26 de enero en el cañón del Rosario, un lugar enclavado en los Andes antioqueños. Su padre, Néstor Roldán, un hombre blanco, alto y bien parecido, muchas veces mal humorado autoritario y tosco, contrastaba con la figura de Eulogia Palacio, mi abuela, una mujer con ojos azules como el lapislázuli, calmada como la noche del desierto. Tenía un halo celestial como si estuviese siempre al borde de la Asunción. Lucía frágil pero adentro aguardaba una mujer aguerrida y hacendosa.

En aquel tiempo, había que esperar a que hubieran nacido siquiera dos o tres niños para mandarlos a bautizar en grupo. Con Eulogia o sin Eulogia se iban a lomo de mula. Tomaban el camino de herradura que llevaba hacia el Alto de Ventanas, donde hacían el trasbordo a un camión de escalera con rumbo a Yarumal, que era el pueblo más cercano. Las gotitas de agua en la frente, las palabras del señor cura párroco y listo. Si los niños se morían en el trayecto de vuelta, estaban salvados, o al menos no iban a dar al limbo. En realidad solo se murió uno: Ramón Tadeo, el segundo, que no alcanzó ni el año. Los otros diez niños se criaron: cuatro mujeres y seis hombres. A mi padre le tocó en el primer viaje. Era el cuarto de los diez. Lo acompañaron Tarcisio, el mayor; e Iván, el tercero.

En ese inhóspito lugar y al ritmo del trapiche que cada fin de semana molía sin descanso, el niño se fue haciendo joven. Desde allí viene su devoción por la panela. “La panela se pone cara mijo. Espere y verá”, decía mi abuelo. Y eso dice aún mi padre. ¡Pero qué va! Nunca fue tal. La gente prefirió el Moresco y la Coca Cola.

Los seis primeros años de vida los pasó entre los cañadulzales y la molienda, entre el horno y las pailas. Los días azules de aquellos tiempos le huelen a miel y a cagajón de mula. De ese tiempo inmemorial todavía resuenan los gritos del arriero y el traqueteo de la máquina que hambrienta se atraganta de caña dulce, la de sus dulces sueños.

Más tarde mi padre y su familia se mudaron de la finca Los Naranjos, en el Cañón del Rosario, al barrio Boston en Medellín. La casa nueva estaba justo al frente de la escuela Caracas, en la calle que lleva el mismo nombre. Entre esa escuela y esa casa mi padre vivió hasta que terminó la primaria.

Trece años tenía cuando lo picó el espíritu aventurero que aún lo mantiene vivo. Un día no soportó más al psico-rígido de su padre y en un descuido salió de casa dejando atrás a Eulogia y a sus nueve hermanos.

El puerto del que zarparía después de echar una moneda a la cara y el sello era Guayaquil, el oscuro barrio de arrabal. La moneda decía que la suerte no estaba hacia el Norte, sino que la encontraría por los lados del Valle del Cauca, en el Sur.

Se dio a la marcha y dos días más tarde se encontraba en la ciudad de Cali, trabajando en una gasolinera. N ocasiones hacía de ayudante de camionero. Un año duró su periplo por el Valle, pero sólo hasta los 16 años volvió a casa, y eso porque su padre hizo poner un mensaje en la radio diciendo que Eulogia estaba enferma, cosa que era falsa. Néstor, mi abuelo, estaba convencido de que no se demoraría en llegar. Bien sabía que ella era la luz de los ojos de mi padre.

Pues bien tirado estuvo el anzuelo. Días después, mi padre se hallaba trabajando a sueldo como cualquier otro jornalero en la finca de su padre. Trabajó como administrador durante diez años.

* * *

Él tenía 23. Mi madre estaba por los 19 y acababa de salir del bachillerato y vivía con su familia en Yarumal, donde mi padre y sus hermanos gozaban de una especial popularidad gracias a su belleza física. “Es que eran unas estampas, altos y bonitos, con mucha presencia. Mejor dicho, parecían galanes de cine”, cuentan las mujeres en las heladerías del parque.

De todos, el único que no renunció a las labores en la tierra fue mi padre. Dimitió de ser un hombre culto, pero se empeñó en ser todo un baquiano. Nunca leyó ni una tira cómica en su vida, pero detenta una inteligencia y una malicia que le dieron para desarrollar cabalmente cada una de sus empresas. Incluso tiene más remedios para sus vacas y novillos que el mismo vademécum. Pocas personas le cogen tan bien el punto a la miel antes de ser panela. No existen por estos días hombres capaces de enjalmar una recua de 20 mulas y llegar sanos después de cinco horas de arriería con las cargas de panela intactas.

Fue a parar a la casa de mi madre porque un hermano de ella era muy buen amigo suyo. A la abuela le pareció un hombre bellísimo, pero pronto le habría de encontrar sus defectos. El primero y el más grave fue que este hombre era un borracho de tiempo completo. Hasta el director espiritual le aconsejó a mi madre que ni se le ocurriera casarse con él, pero el amor no escucha razones.

El 17 de junio del 67, después de dos años de noviazgo, acudieron juntos al altar. Cuenta mi madre que en la fiesta de bodas lloraron hasta las gallinas. Para la abuela, sus hermanas y hasta sus cuñadas, Amanda no sabía en la que se había metido. Pero como las mujeres buenas hacen con los hombres lo que les da la gana, y hasta milagros logran, después de la rasca de la noche de bodas, mi padre se pasó cinco años sin tomarse un solo aguardiente.

La luna de miel la hicieron por la costa Caribe. Es sorprendente, al mirarlo en retrospectiva, que la semanita de pasión les costó cuatro mil pesos que eran prestados. Y lo que es más asombroso: ¡Les alcanzo para los traídos!

Seis meses vivió mi madre en “Los Naranjos”. Antes estaba enseñada a las comodidades de su casa y aquel lugar era bastante hostil para una niña mimada. Durante su estadía allí la vida no fue fácil para los dos. A Néstor le hallaron un tumor maligno que le trastornó la realidad y mi padre ya no fue más su hijo preferido. Lo aborreció justo cuando ya empezaba a recoger los frutos de su dedicada vida de casado. Expulsó a mi padre de la finca. La orden fue clara y contundente: “¡Desocupe ya, y no vuelva nunca más por allá!”.

Con las vacas y marranas que había logrado conseguir, mi padre se montó en otra empresa. Se asoció con su suegro y compraron un camión. Era un Ford modelo 54. Desde ese momento y durante diez años su vida estaría en las carreteras. Así conoció casi toda la geografía del país, desde Paraguachón, en la Guajira, hasta Ipiales, en la frontera con Ecuador.

Había pasado un año ya y en el hospital San Juan de Dios, en Yarumal, mi madre daba a luz a su primogénito Jaime Arturo, y un año y medio más tarde sería Néstor Javier quien hiciera el llanto iniciativo de la vida.

Mi padre estaba siempre de viaje. Al principio sólo dormía dos y tres horas al día. Cuando lo cogía el sueño, se tomaba un tinto con aspirina, pero este remedio poco duraba. Cuando la cosa se ponía dura con el sueño, recurría a ayudas extremas. En la guantera mantenía un tarrito de mentolín. No pregunten cómo hacía este hombre, pero se echaba esta pomada en los ojos ¡Y santo remedio! El sueño desaparecía por completo. Con métodos así de poco ortodoxos mi padre extendía sus jornadas al volante para poder pagar las letras del camión y, además, llevar comida y juguetes para la casa.

Paradójicamente, nacía Néstor y se moría Néstor, el abuelo. El cáncer lo había invadido. No le dio para más. Setenta y cuatro años tuvo para hacer y deshacer. En su juventud, cuando se vio muy pelao, se fue a la Costa y se hizo pasar por cura y médico. Debe haber más de una pareja por allá viviendo amancebada por cuenta del abuelo. Troquelaba monedas y jugaba a los dados hasta el día que no pudo de la pena moral por haberle quitado, con sus dados cargados, el jornal completito a uno de sus peones. Ese día aventó los dados cañón abajo y nunca más volvió a jugar.

En su lecho de muerte, ya delirante, se le escuchaba balbucear: “Óscar, Óscar y Amanda que me perdonen”. Mi abuelo materno, en un chispazo poético, habría de decirle a mi madre: “Mija, el perdón es luz que vierte el alma, perdone a ese señor”.

Después de haber librado el primer camión se compró otro: un Dodge 59. En el patio central de la finca de sus suegros los parqueaba juntos y se sentaba a mirarlos. Los mantenía como “una uva”. Por donde quiera que pasara sus camiones causaban admiración. En realidad, no creo haber conocido un mejor cuidador de carros que él.

Siete años después de que naciera Néstor, mis padres estaban esperando la tercera criatura. Quien se hubiera llamado Inés María, si no hubiera tenido pipí. Nació Óscar, el tercero de la casa. La familia seguía creciendo.

* * *

Pero la ley de Murphy ha sido implacable con mi padre. Algo falló y, como efecto dominó, todo empezó a ir de mal en peor, y pocos meses después estaba jodido. Una tarde, antes de llegar a Maicao, lo pararon unos hombres. Lo bajaron del carro y lo amarraron de un palo. Lo habían tirado en un solar ajeno. Estaba más perdido que el hijo de Lindbergh. La casa estaba a más de mil kilómetros de distancia y no tenía idea de cómo iba a hacer para salir de ese monte en el que lo habían amarrado.

Casi seis horas duró atado a ese tronco. Cuando llegó a Rioacha, encontró una nota en la posada donde solía pasar las noches. La razón era que si traía una cantidad no poca de dinero le devolvían el camión. Llamó entonces a Tarcisio, su hermano mayor, que en ese tiempo ya era un afamado abogado. Apareció como Dios: en la máxima necesidad. Le hizo un giro de dinero a Rioacha y le solucionó momentáneamente el problema.

A la mañana siguiente se encontró con los tipos. Y sí señor que le han sabido dar la vuelta. Le dijeron que fuera a recoger el carro a tal parte, pero lo único que encontró fue a un hombre que le preguntó si él era Óscar Roldán, a lo que él respondió que sí. “Piérdase de aquí señor que lo van a matar”, le replicó el hombre. Sin el pan y sin el pedazo, se volvió para la casa en donde estaba mi madre como una Magdalena porque ya estaba enterada de que a mi padre, además de haberle robado el camión, lo habían timado.

Pero al mal trecho pecho. Vendió el otro camión, se pagaron las deudas y al carajo con las llantas y el aceite. Adiós a los atardeceres en la vía y a las dormidas a orilla de carretera.

No sabía mi padre en las honduras que se estaba metiendo. Le ofrecieron una tierra en travesías del Nechí, que queda más o menos en el culo del mundo. De Yarumal hasta allá hay que pasar por Campamento, la mina de asbesto, y luego sigue un trayecto de tres horas y media en mula.

Le propuso a Tarcisio, su mecenas, que se embarcara con él en esta nueva empresa. Juntó lo poco que le quedó de la venta del camión con el aporte de su hermano y la compró. La finca era panelera y en el corazón de mi padre se encendía de nuevo la molienda, de vuelta al guarapo y al trapiche.

Con la frase del abuelo Néstor –“la panela se pone cara mijo”– mi padre tomó las riendas de su propia molienda. La panela, como era de esperarse, nunca se puso cara, pero igual, la finca proporcionaba los medios de subsistencia para los cinco.

Pasaron los primeros años. Mi padre ya estaba adaptado a la zona, y había hecho amistad con el vecindario. Se había dado cuenta, también, de que estaba en medio de un fuego cruzado. De un lado estaban los “muchachos”, “los facinerosos de las FARC”, como los llaman los generales del Ejército. El otro bando era precisamente el dirigido por esos generales. Más temprano que tarde habría de aparecer de nuevo ese sino trágico que quién sabe cual dios ha puesto sobre mi padre.

Una madrugada se levantó como de costumbre a tomarse unos tragos de aguadulce caliente y al abrir la puerta de su dormitorio una luz muy incandescente le cegó la mirada. La ramada, que es en donde funciona el motor y donde se pone a secar el bagazo de la caña, estaba siendo consumida por las llamas. La guerrilla le había metido candela. No tuvo nada más que hacer mi padre que prenderse un cigarrillo y aventarse un guaro doble. Se sentó en una barranca y con una desilusión infinita se dejó sumir en el llanto.

Tres veces hicieron eso con la molienda. Las otras dos fueron vecinos envidiosos que no tenían otra manera de superar la calidad de su producto y acudían al vandalismo para sacar a mi padre de la competencia.

Tres veces la volvió a levantar hasta que ya no pudo más. Cerró la ramada y se dedicó a la ganadería. Tumbó gran parte de los cañadulzales. Levantó potreros y les metió ganado. Con el tiempo, Tarcisio y mi padre fueron comprando pedacitos de tierra y otras fincas pequeñas aledañas a la suya.

Lentamente, mi papá se fue volviendo un ermitaño. Cada quince días salía de la finca y se estaba dos o tres en la casa. Varias veces se vio obligado a quedarse en casa durante un tiempo largo. La primera de ellas fue por un trauma que le quedó después de un día que iba por el camino de herradura con uno de sus vecinos, cuando sintieron el sonido de un tiro. Inmediatamente la mula en la que iba el amigo de mi papá se fue al suelo. El tiro que era para el vecino se lo pegaron al pobre animalito. El señor, como un resorte, salió disparado camino arriba, pero pronto lo alcanzaron. Eran guerrilleros de las FARC. Mi papá les suplicó que no lo mataran, pero fue inútil. “Agáchese don Óscar que usted es un señor, pero este sí es un hijueputa”, le dijeron los “muchachos” a mi papá. Después, le pegaron un tiro a su vecino en la cabeza. Con esa descarnada imagen se devolvió para Yarumal y no volvió a la finca en tres meses. Después mi padre se daría cuenta de que quien había mandado a quemar la ramada fue precisamente el vecino por el que pidió piedad, y entendió que lo que dijeron los guerrilleros no era mentira. El señor era todo un hijueputa.

En una de las estadías de mi padre en la casa y, sin esperarlo, mi madre quedó en cinta. Sería el cuarto hijo. En 1982 nací yo, el último esfuerzo de mi madre. Ya Óscar tenía siete años y los dos mayores eran adolescentes.

Tres años tenía yo cuando mi madre decidió que nos vendríamos a vivir a Medellín. Las cosas en Yarumal se pusieron duras: la violencia acechaba en cada esquina, el pueblo dejó de ser un remanso de paz y se convirtió en un nido de malhechores y forajidos, y ni una cosa ni la otra quería mi madre para nosotros.

Las cosas en la ciudad no estaban mucho mejor que en el pueblo. La violencia del narcotráfico pronto se tomaría las calles. También en el campo las cosas se tornaron color de hormiga. Una vez más mi padre se vio obligado a salir y a dejarlo todo tirado. Esta vez el retiro le duró seis meses. En ese tiempo mi padre se vio obligado a volver al volante. Con un dinero que mi madre había recogido compramos un taxi, pero pronto lo azotarían la depresión y la angustia por estar lejos del terruño.

Un día lo cogió el arrebato y se fue para la finca a encarar a los guerrilleros que le habían ordenado salir de la zona. Arregló con ellos y les hizo entender que él no tenía la culpa de que el Ejército decidiera establecer campamento en su tierra, que él debía ser consecuente con todo el que por su casa pasara. De otra forma ya lo hubieran matado, les dijo.

Pasaron varios años y la desgracia parecía haberse alejado. Ya llevábamos cinco años viviendo en la ciudad. Medellín estaba vuelto todo un mierdero. Las bombas estallaban por doquier. El narcotráfico dio origen al fenómeno del sicariato y las cifras de muertos subían incontrolablemente.

* * *


Un martes 13 de marzo de 1990 las malas noticias llegaron desde la capital. Mi tío Tarcisio, quien para ese entonces ya había montado una prometedora oficina de abogados en Bogotá, había sido asesinado junto con su esposa en su apartamento del Centro.

Una vez más, la desdicha hacía presencia en la vida de mi padre. La noticia la recibió en la finca por la radio. Ensilló su mula y, apresurado, salió para Medellín. En el camino de vuelta a casa lloró y maldijo. No era para menos. Le habían borrado de un tajo a su ídolo. Cuando llegó a Medellín, al encuentro con sus hermanos, le dijo a mi madre: “Mija, me quitaron mi estrella. Ya no me importa nada en la vida”.

El asesinato, como casi todos en este país, nunca tuvo responsables. Las voces hablan de un crimen de Estado y yo pienso parecido. En el momento de su asesinato, Tarcisio había ganado millonarias demandas en contra de la Nación, y había en curso más de setecientas, todas ellas con claras posibilidades de ser ganadas.

Sin sobresaltos, la vida transcurrió con algo de normalidad. Mi padre siguió en su exilio voluntario, por el que cada tanto tiempo debía pagar una suma, la mal llamada vacuna, ya fuese a las FARC o al ELN.

Al parecer, un día no fue suficiente. Se dirigía en compañía de su mayordomo a pagar la vacuna. Cuando llegaron donde estaban los guerrilleros del ELN le dijeron al mayordomo que tenía que devolverse solo, que mi papá quedaba retenido. Sin eufemismos pseudorevolucionarios, eso sencilla y llanamente, señores, se llama secuestro.

* * *


“El día de morir ya pasó. El día de la muerte fue hace dos días, que me le iba a aventar al Nechí”. Dos meses antes de oírle pronunciar estas palabras, lo vi salir de casa con sus alforjas ajadas por el sol y cuarteadas por el sudor del lomo de su mula parda. Llevaba también su sombrero alón y su infalible poncho blanco a rayas, así como su adorado carriel jericoano, ese mismo que brilla como zapatillas de marinero y tiene más bolsillos que el chaleco de un fotógrafo.

Salió como de costumbre antes que rayara el alba. Siempre ha sido una persona de madrugar a frentear el corte, como dice él. Se dirigía hacia Anorí, municipio también cercano a la finca y por el cual accedía desde que se había abierto un esbozo de carretera.

Siete horas hay por un camino tortuoso entre Medellín y Anorí, eso cuando el invierno no ha anegado la vía que los conecta. Cuando llegó, como de costumbre, llamó a su casa a decir que había llegado sano y salvo, y emprendió el camino que sigue entre Anorí y su finca. Hasta ese momento tuvimos contacto con papá.

Pasó una semana hasta que el mayordomo de la finca llamó a mi hermano con voz temblorosa y le dijo lo que por la situación y los riesgos a que se enfrentaba mi padre, de una manera u otra, esperábamos que algún día sucediera.

“Don Jaime, a su papá lo secuestraron”, dijo la voz entrecortada del otro lado de la bocina. “Nosotros bajábamos a llevar la plata que los Elenos le habían pedido a su papá y allá lo dejaron”. Desde ese momento y durante dos meses, mi familia y yo pasamos una de las penas más grandes que una familia puede padecer.

Anorí, donde “muchos nace pero pocos se crían”, según el adagio popular, fue el primer municipio de Antioquia donde surgió el Ejército de Liberación Nacional, ELN, después del asesinato, a manos del Estado, de unos tales hermanos Vásquez Castaño. Éste, precisamente, fue el grupo que retuvo a mi padre, el mismo que según el Gaula tiene retenidos en esa zona a cerca de diez comerciantes. La gente los conoce como los elenos, esos mismos que están tratando de negociar una escurridiza paz con el gobierno, que prendieron candela a un pueblo entero cuando dinamitaron un oleoducto, que tenían a un cura por comandante.

En fin, al noveno día de cautiverio llamaron a mi casa y preciso me cogieron solo. Eran eso de las ocho de la mañana y yo estaba aún entre dormido. Estaban comidas todas las uñas y yo flaco de no comer. “Buenas, mire, lo llamamos del Ejército de Liberación Nacional ELN. Es que nosotros tenemos retenido a su papá. Llamo es a ver cómo podemos arreglar pues pa´ entregáselo”.

Desde ese momento comienza lo peor. La negociación es la parte en la que se apoderan de las pobres familias, amedrentan al que conteste y, si lo cogen de capa caída, ese teléfono que uno tiene en la oreja lo siente como un fusil AK 47 en la cien. Se aprovechan del poder de la palabra y te dejan inmovilizado.

Afortunadamente, en nuestro caso hicimos un trabajo de inteligencia con mi familia y llegamos al acuerdo de que quien iba a llevar la negociación sería Néstor, mi hermano. De ahí en más, él estuvo al frente de ellos y nosotros haciéndole barra para que no se dejara amedrentar.

Llamaban cuando les daba la gana. Pedían lo que les daba la gana. Y, eso sí, decían las cosas de la manera más simple, pero también de la más intimidante.

Así se pasaron los dos meses de cautiverio. Ellos jueguen con uno y uno rece lo que se sepa. Creo que conocí los santos que nadie se pueda imaginar, y no sólo santos. Desde ese tiempo tengo muchos elefantes pequeñitos en la pieza dizque porque son de buena suerte. Tengo también un atrapasueños para las pesadillas que me asaltaban a media noche, y, además, hasta un beato paisano mío, a Marianito.

Ellos creían estar recateando como turcos por marfil. Nosotros teníamos, para dar por la vida de mi padre, un mísero trozo de marfil, pero querían tres de éstos, y nosotros no los teníamos. Y así iba el tira y afloja hasta que conseguimos negociar la liberación de papá, como hacen la mayoría de las familias de los secuestrados.

El 20 de mayo nos fuimos todos hacia Yarumal. La entrega se haría en un corregimiento cercano. Como no queríamos dar papaya, como dice el dicho, enviamos un carrito campero de un señor que trabaja por la zona al encuentro de papá. La espera fue terrible, hasta que de pronto ¡Ring ring! Sonó el teléfono. “¿Qué hubo mijo?”, dijo una voz quebrada de llanto del otro lado de la bocina. Era él, mi papá.

Vayan bajando que en quince minutos estoy llegando. Raudos y veloces salimos a su encuentro. “¡Ahí viene!”, gritó mi hermano. Estábamos en una carretera destapada donde no se veía ni para conversar, como diría mi papá. Pero ahí estaba él. Apenas vio a su familia reunida lloró y gritó de la emoción. Cuando me abrazó, me dijo al oído: “El día de morir ya pasó. El día de la muerte fue hace dos días, que me le iba a aventar al Nechí”.

* * *


El secuestro terminó, por lo menos el de las montañas, porque acá en Medellín lo esperaba otro encierro, menos trágico, pero no por eso menos doloroso.

A su finca nunca más pudo regresar. La está administrando un antiguo trabajador de confianza con el que habla un par de veces diarias por un teléfono celular que todavía no aprende a manejar.

La incomoda rutina de la ciudad se apoderó de su vida. Para su infortunio, su hábitat se redujo a 98 metros cuadrados. Es la medida de la casa. Los recuerdos no cesan, y los arrebatos de coger el camino de vuelta son peores que un síndrome de abstinencia.

Ya los callos de sus manos desaparecieron. El trabajo, sin el siquiera desearlo, se le acabó. Fue condenado a una jubilación forzada. Ahora, lo más rudo que hace es pelar papas y lavar los platos. Las flores del corredor de la finca se las tuvo que inventar en el antejardín de la casa. Y al horizonte que divisaba desde el lomo de su mula parda ya le toca buscarlo en los documentales de animales que ve todo el día en la televisión.

Wednesday, January 31, 2007

El río Medellín, más que una barrera

“Y el río Medellín que bullía de peces, claro y límpido, se fue muriendo, muriendo, hasta acabar en una turbia alcantarilla.”
Fernando Vallejo.


París, Londres, El Cairo. Por mencionar sólo algunas, son ciudades que se precian de tener un río que, además de servir de eje multimedial para el transporte, sigue siendo precisamente eso, un río vivo y con seres vivos, un espacio que no sólo es el que se encarga de arrastrar en sus caudales lo que la misma tierra produce, sino que también es un referente de ciudad, el lugar donde los ciudadanos se desplazan y confluyen para apropiarse dicho espacio de diversas maneras.

Existió en nuestra ciudad una vez un río, que si bien no era del tamaño del río Sena o del Támesis, era también un río con peces, con recodos que inundaban y regaban de abono la tierra que le circundaba. En sus orillas abundaba la vida, era un verdadero referente espacial y social de la ciudad, mucho más de lo que hoy es.

Apenas a mediados del siglo XIX el ciudadano de a pie pudo cruzar esta barrera natural sin mojarse los pies, desde entonces comienza la verdadera domesticación del río Medellín, primero fue la construcción del puente que cruzaba hacia la Otra banda en el sector de San Benito, el puente de la calle Alameda (hoy calle Colombia) que facilitó el transporte hacia los barrios la América y Robledo, luego siguió el puente de Guayaquil, ese macizo puente que aún hoy esta en pié, construido con cal y canto, que también recortó el viaje a los habitantes de Belén y sus cercanías hacia Medellín.

Más adelante y en pos de la sanidad pública y de mano del progreso, el río iría sufriendo modificaciones, como las acequias y cuelgas hasta terminar en lo que encontramos hoy, casi la totalidad del río que pasa por la ciudad fue canalizado y rectificado.

Con el pasar de los años la vocación del río fue cambiando hasta quedar convertido en una autopista de carácter nacional, ya éste no es más barrera natural, fue convertido en una barrera social y la ciudad le dio la espalda, sólo sobreviven como espacios medianamente públicos el antiguo puente de Guayaquil y un incipiente paseo que recorre algunos cientos de metros a lo largo de la ribera oriental del río.

El río sólo parece recobrar el carácter de espacio de reunión de la ciudadanía durante las noches de ciclovía, y en los meses de diciembre y parte de enero, cuando es utilizado como escenario para los alumbrados navideños. Sin embargo, lo que menos se ve en dichos eventos es el río, en la ciclovía la gente está inmersa en el deporte, en los alumbrados el río es cubierto con un manto de luces que lo trasladan a un segundo plano.

De acuerdo con la arquitecta urbanista y docente de la Universidad Nacional - Sede Medellín, Nora Elena Mesa Sánchez, nuestra ciudad “no ha considerado al río como elemento fundamental para su desarrollo. El río ha estado relegado, porque el tejido urbano está separado de su cauce, porque la ciudad terminó dándole la espalda”, lo que considera un contrasentido del desarrollo de la ciudad.

Y añade que “el río condicionó físicamente el desarrollo de la ciudad, pero ésta no se lo ha reconocido, al menos en sus tramos centrales y más densamente poblados. Merecería ser un hito activo al servicio de su desarrollo. La estructura de la ciudad no revela unas riberas ni unos puentes que vivan el río sobre ellas”.



¿Qué se está haciendo?

Según Jorge Alberto González López, Subsecretario de Metrorío, desde 1996 el río viene siendo una de las mayores preocupaciones de todas las administraciones municipales, pues de los cien kilómetros que recorre el río, sólo tres están libres de contaminación. Además partir del tercer kilómetro, hace algún tiempo la extracción de arena y el vertimiento de las aguas residuales de la ciudad hacían que fuese un río muy contaminado, que en época de verano producía olores muy fuertes. Esta situación fue mejorando gracias a la apertura del centro de tratamiento de aguas residuales San Fernando, ubicada al sur del Valle de Aburrá.
“La Alcaldía de Medellín, con ayuda del Área Metropolitana, ha diseñado un plan de contingencia, que prevé la creación de dos centrales de tratamiento de aguas residuales, así como la prohibición de verter las aguas residuales directamente al río, sin haber tenido un tratamiento mínimo. Vale la pena destacar que a partir de la estación Aguacatala del Metro -la primera al entrar en territorio medellinense por el costado sur- no hay oxígeno en las aguas del río. Además, de las más de cien quebradas y arroyos que desembocan en el río Medellín, sólo hay tres que se consideran puros o con poca intervención humana, todos ellos ubicados al sur del Valle de Aburrá” asegura González López.
Y agrega que la labor de su subsecretaría “consiste precisamente en el manejo integral de cuencas y quebradas, para prevenir y controlar la degradación que amenaza las comunidades asentadas en sus áreas de influencia, así como la intervención con estudios, diseños y construcción de obras hidráulicas”.

Este plan estratégico es respaldado por la ejecución de planes de ordenamiento en microcuencas, intervención de áreas de sus vertientes con obras de reforestación y mantenimiento de plantaciones, recreación, tránsito peatonal, paisajismo y revegetación de taludes, que contribuyen con su preservación y el embellecimiento del espacio público.

Para evitar riesgos hidráulicos y geotécnicos, como consecuencia del desbordamiento de la red hídrica del Municipio en las épocas invernales y su impacto sobre las riberas y áreas de influencia, la Secretaría de Medio Ambiente, en cabeza de la doctora Marta Ruby Falla González y la subsecretaría de Metrorío cuenta con el programa de prevención y control de emergencias, para prevenir, mitigar y corregir estos efectos ambientales adversos y de gran impacto, a través de obras de infraestructura y limpieza de cauces, obedeciendo a un programa de seguimiento y monitoreo constante.

Sus habitantes

El río tiene sus propios habitantes. A raíz del desmantelamiento de las “cuevas” o casas de consumo de drogas psicoactivas en la zona de Barrio Triste, a la altura del sendero ecológico, paulatinamente la población que asistía a estas casas se fue mudando a la ribera oriental del río Medellín.

La Alcaldía de Medellín ejecuta diariamente el programa de atención a los habitantes de la calle de esta zona, algunos de los servicios se los ofrecen en dos carpas, a las que pueden acudir para tener su aseo personal y lavar una muda de ropa diariamente.

El programa parte de la idea de que el habitante de la calle no es sólo el resultado de un problema que tiene que ver con toda la sociedad, y por ello sea responsabilidad de la misma gobernabilidad asumir ese compromiso, “sino que también ser habitante de la calle puede ser una opción, un estilo al que accedes o por el que te decides y eso ya es algo muy personal”, asegura Carlos Noreña, director de Centro Día, entidad encargada de ejecutar el programa en la ribera del río Medellín, para quien el río es una barrera natural, que delimita la ciudad como referente simbólico a través del cual se comienza a marcar la modernidad de la ciudad.

De acuerdo con Noreña, el habitante de calle es un nómada social “que ni siquiera es temporal sino atemporal y me atrevería a decir más que intenso, él cambia el tiempo por la intensidad” comenta.

Para los ejecutores de este programa lo interesante del río es que les permite ubicar y acceder a los habitantes de la calle muy rápido, “en muy poco tiempo podemos llegar a lugares muy concurridos y además es una barrera natural y simbólica, eso les permite a sus habitantes un mundo de sensaciones, por ejemplo, trabarse en el río es algo relevante para ellos porque sienten la ciudad rugir, pero también escuchan la parsimonia del chocar del agua, se conectan con el contexto y se desbordan en subjetividad”.

Wednesday, December 20, 2006

ojo con esta nube.

Ajústame siquiera los quinientos, me dijo un joven que cuida motos en la calle Colombia con Carabobo, justo en donde se construye el nuevo corredor peatonal. El argumento que me daba era que había que darle parte de la ganancia a las convivir, que le ajustara los quinientos para que le quedaran siquiera trescientos a él.

Esa misma noche estuve en el parque del periodista. Ya al final de la faena, un hombre alto, algo tomado, abordaba a los vendedores ambulantes y a cada uno le cobraba una cuota sobre lo que vendió en la noche, algunos de ellos parecían rehusarse y el hombre les intimidaba alzando su camisa y dejando lucir un arma que llevaba al cinto.

Esto, a secas, sin más ni más, se llama señores extorsión, o vacuna para que lo pongamos más acorde con el lenguaje de capataz que maneja “nuestro” reelegidísimo presidente. Fue él precisamente quien creo las famosas convivir, en su paso por la Gobernación de Antioquia.

Era tan pretensioso su plan como la famosísima y ya trillada seguridad democrática, solo que este no logró prosperar y se perdió como dentro de una nube y nadie sabe que paso con “eso”.

A veces pienso tratando de entender ese enredado termino “seguridad democrática”, y digo que puede ser la seguridad que tenemos todos de que en algún momento nos extorsionen, secuestren o maten.

O la seguridad que tienen los cabecillas de las autodefensas de pasar por encima de sus muertos, de las viudas de estos, de sus hijos, pagando por centenares de asesinatos, un par de años de casa por cárcel, en una de sus haciendas, y dando para la reparación de las victimas, la menuda que se sale por el hueco del bolsillo de los traquetos, que hoy se hacen pasar por incomprendidos patriotas.

Esperemos pues que en este país del “nunca jamás” en el que vivimos, por culpa de nuestra ceguera, no se nos monte “esa vaina” democrática en una nube, como pasó con las convivir, porque si de esa primera nube nos llueven hoy todo tipo de extorsiones, la tormenta que se formara con la nube de la seguridad democrática, no va a dejar títere con cabeza.

Monday, December 18, 2006

ASI ATERRICÉ YO EN MEDELLÍN.... Y VUELVO PARA UN SANCOCHO.
La comuna trece es una herida abierta: Tsarbopoulous.

Después de cuatro años de trabajo velando por los derechos humanos, como coordinador de la Sub-oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los derechos humanos en Medellín, Giorgos Tsarbopoulous habla en exclusiva para De la Urbe acerca de su experiencia como defensor de los derechos humanos en una ciudad que no se precia de ser el lugar del mundo donde menos se atenta contra los derechos fundamentales.

Después de haber trasegado por realidades tan dramáticas como las de los países del continente africano –entre ellos Rwanda, Angola y Timor Oriental-, este carismático personaje, que prefería pasar sus domingos en las encumbradas barriadas de Medellín escuchando las voces de sus habitantes, a quedarse en casa descansando y viendo la tele, llega a esta ciudad para hacer una veeduría exhaustiva de los DH.

¿En que fecha llegas y con que te recibe Medellín?
Yo llegue a Colombia el 15 de mayo del 2002, y una semana después estaba en Medellín. Lo que coincidió con mi llegada fue la operación mariscal en la comuna 13, con los civiles muertos por un operativo muy mal programado y con mucho abuso de autoridad por parte de la fuerza pública. Además dos semanas antes había ocurrido la tragedia de Bojayá: dos elementos que me mostraban, desde que llegué, la realidad más violenta de un país en guerra. Así aterricé yo en Medellín.

¿Qué tan distante es nuestra realidad de la de esos países de los que venís?
En América latina y en Colombia hay lo que no existía en África, un tejido social de organizaciones y de defensores por los DH, que arriesgan su propia vida por ello, están ahí desde hace mucho, han avanzado en este esfuerzo. Así que nosotros, (ONU) llegamos, jugando un papel como debe ser, de apoyo, de asesoría. El tema de derechos humanos no es algo nuevo en Colombia. En África hablábamos de derechos humanos y, nos miraban, pero en realidad no entendían nada porque estaba fuera de sus costumbres, de su organización como sociedad, porque todavía tienen el fantasma de la colonización.

¿Cuál es el gran logro de tu trabajo en esta ciudad?

Lograr el acercamiento y entendimiento entre las ONG´s y los que trabajan por los D.H dentro de las instituciones del Estado. (Defensoría, procuraduría, fiscalía y personería). Les hemos hecho entender que todos estamos por una causa común, que deben conocerse, que no se consideren como adversarios.

Vos viviste y además estuviste al tanto de una de las páginas más oscuras en la historia de esta ciudad. ¿Qué podés decir del conflicto que se vivió en la Comuna 13?
Hay varias sensaciones, unas frente a las cuales uno se queda con manos cruzadas, sin poder hacer nada, por ejemplo cuando había la guerra entre milicianos y paramilitares, y que moría gente por balas perdidas. Ahí uno lamentaba y no tenía ningún poder de intervención. No pudimos hacer nada por eso, porque no somos mediadores del conflicto, el mandato no nos permite acercarnos a la guerrilla y a los paramilitares. No tenemos diálogo con grupos armados ilegales, tenemos contacto con las instituciones del Estado y con la sociedad civil, organizada o no, ósea ONG´s o personas. Después viene la operación Orión, muy bien, (en su cara se ve algo de sarcasmo), recuperan la comuna 13, se establece la institucionalidad. Pero pasa lo mismo que con la llegada y el posicionamiento de grupos paramilitares, que empiezan homicidios selectivos de gente que consideraban que había colaborado con la guerrilla, o de gente común que para mí no tenían nada que ver, a veces con la complicidad o con la tolerancia, de algunos agentes del Estado. Esa situación la tenemos documentada. También se descubren en agosto de 2003 las fosas, en la finca de San Cristóbal, limítrofe a la parte alta de la comuna 13 de san Javier La Loma, justamente en un sitio que conocíamos por testimonios de sobrevivientes.

Para mí esa es una herida grande, abierta, a la que la ciudad no se puede acomodar, porque bajó la violencia, porque hay menos homicidios… Había 50 casos, nosotros tenemos 37 nombres documentados, y yo se que otros organismos del Estado, e instituciones, tienen como 50 casos de desaparecidos, desde la operación Orión hasta agosto del 2003. Hay que retomar este asunto, porque no se puede permitir, que en una ciudad como Medellín, haya 50 desaparecidos en menos de un año, solo en una comuna (sube el tono), ¡que el estado la recuperó y restableció su tranquilidad! Esto no se puede ni olvidar, ni nada; frente a la verdad histórica y frente a las victimas. Y aquí hay que hacer todos los esfuerzos para hallar las fosas, para saber donde están los desaparecidos y para que colaboren todos los que tienen que colaborar, como los desmovilizados por ejemplo, del bloque Nutibara y de Héroes de Granada, que fueron los actores en esa época de estos crímenes, entonces que digan la verdad, ¿dónde están los desaparecidos?


¿Que tendrías para decir acerca de las desmovilizaciones de los paramilitares?
Yo no voy a juzgar el proceso, pero hay una realidades con las que todo el mundo está de acuerdo, primero que, en esas desmovilizaciones no se desmovilizaron todos los que debían y se desmovilizaron muchos de los que no eran. Esto se sabe, ocurrió tanto con el Nutibara como con Héroes de Granada. Lo otro que opino, (y lo digo en vos propia), es que lo que los grandes cabecillas buscan es la impunidad, porque ellos quieren simplemente reintegrarse a la vida civil. ¿Pero qué hay de la verdad histórica y la reparación a las victimas?

¿Qué opinión te merecen los llamados “falsos positivos”?
De eso puedo hablar porque no es ninguna revelación, ya ha salido en la prensa. Hay una situación muy grave con las denuncias de ejecuciones extrajudiciales, es decir, homicidios, por parte de efectivos del ejército a ciudadanos que los cogieron, los mataron y luego los pusieron como guerrilleros muertos en combate. Ha sido una situación reiterada por nuestra oficina y también por organismos del Estado como la Procuraduría, la Contraloría, la Defensoría y la Fiscalía, así que no inventamos nada. Y este es un asunto sumamente delicado y sensible. Lo que yo me voy a contentar en resaltar, es que en los últimos meses hubo un reconocimiento de este problema desde las altas esferas del Ejecutivo y del mismo Ejército, lo cual es muy positivo y yo se que hay muchas investigaciones en este momento que están en curso, hay muchos militares detenidos, y se esperan condenas, esto es una evolución positiva frente a un asunto que ocurría, pero del que nadie hablaba, y eso se debe a la labor que ha desarrollado el Comité Institucional de Derechos Humanos y DIH de Antioquia, bajo la responsabilidad de la Gobernación.

Hay información que proviene incluso de instituciones del Estado de que los falsos positivos pueden ser la causa, por presentar precisamente resultados positivos. No digo que sea una política ni del Gobierno, ni del Estado ni de la Comandancia del Ejército. Pero ocurre, y algunos aprovechan la presión o la necesidad de mostrar resultados, que espero que solamente sean mandos medios y más abajo. Pero esto muestra que faltan controles, que hay que tomar medidas correctivas en la planeación de las operaciones y sobretodo que las investigaciones se hagan en toda independencia e imparcialidad, por eso siempre hemos recalcado la necesidad de que estas investigaciones se lleven a cabo por la justicia ordinaria y no por la penal militar, porque así lo dice la Constitución, el Derecho Internacional y la Corte Constitucional muy claramente. En este campo también hemos observado en los últimos meses medidas muy positivas, muchos casos que estaban en manos de la justicia penal militar han sido reasignados a la justicia ordinaria.

¿Cómo está Medellín hoy en materia de Derechos Humanos?
Si lo comparamos con la situación del 2002 hay una mejora clara, la gente no muere en medio de las calles por balaceras, no hay enfrentamiento armado abierto entre guerrillas y paramilitares, el Estado ha hecho presencia en lugares que antes eran vedados, y muere menos gente, lo cual es no solamente positivo pues no se trata de un balance como si estuviéramos contando frutas, son vidas humanas, y eso es más que importante. La presencia en los barrios populares de muchachos que a cada momento escogen un bando, su presencia en cualquier calidad, sean desmovilizados, sean bandas, o sean los líderes que están en una junta de acción, si son los mismos que ayer extorsionaban, que en cualquier momento pueden volver a extorsionar, que mandaban con las armas y hoy mandan con la intimidación, esto sí sigue generando un clima de desconfianza y de inquietud, esto no está resuelto en las comunas, hay que seguir trabajando y como dije no sólo con medidas de orden público sino también con inversión social, con trabajo educativo, pues la violencia, claro, no es solamente generada por el conflicto, está generada por el narcotráfico, ustedes lo saben mejor que yo, el narcotráfico sigue.

¿Qué crees que subyace en la violencia de Medellín?
Me parece que en toda Colombia es la facilidad con la cual alguien quita la vida a su vecino por sentirse agredido, o por calentarse en medio de una pelea, esto me parece muy grave. La violencia intrafamiliar, la agresión del hombre a la mujer, todas esas cosas increíbles que leemos y escuchamos, de violaciones sexuales contra menores de edad por sus padrastros, tíos, primos, pero a pesar de todo esto yo quiero decir que la gente de Medellín y Colombia para mí es una gente muy cálida, muy acogedora, si ponemos al lado un poco estas expresiones violentas que se les ocurren cuando se calientan, se trata de una gente noble, cortés, linda, esto es lo que uno percibe, las dos caras de la moneda, una gente tan agradable, tan querida, tan simple, y al mismo tiempo una parte de esta gente y de esta comunidad se puede convertir en un maniaco que mata a su familia.


¿Medellín arriba o Medellín abajo?

A mí me gusta divisar Medellín desde arriba y ver el contraste, a mí los recorridos por las comunas me han ofrecido muchas cosas y mucha belleza en medio de sus pobrezas, de sus restricciones, pero allá hay mucha pasión por la vida, los fines de semana, después de una jornada laboral la gente celebra, disfruta, es alegre con toda la posibilidad de que en la noche pasen las cosas que yo acabo de contar, este el contraste de Medellín, pero me parece que Medellín sin los barrios periféricos, sería otra ciudad, mucho menos interesante. Ahora salgo para mi país a trabajar como director de la ACNUR, pero vengo en Navidad, para un sancocho, tengo varias propuestas, una en el Popular, otra en el Pacífico, que es un asentamiento de desplazados que está encima del Trece de noviembre, otra en Altos de Oriente…

Saturday, August 12, 2006

El mundial de fútbol ¿un evento de masas o un sofisma de distracción político?

Entre los meses de junio y julio de este año se llevó a cabo uno de los eventos (si no el que más) que más atención roba en todo el mundo. El mundial de fútbol atrae, o más bien, distrae la atención de gentes de todo el globo, las personas parecen olvidar todo cuanto ocurre a su alrededor y sólo piensan en goles y balones.

Es precisamente alrededor de este hecho y de la magnánima importancia que las grandes empresas de la comunicación le otorgan, que pretenderé abarcar situaciones que se escapan ante la incauta mirada de ciudadanos, no sólo de nuestro país sino de diversos lugares del planeta.

Tal vez sea una disertación estéril alrededor de algo que está más que avalado por el grueso de nuestra sociedad, pero la pregunta exacta que me surge alrededor de este suceso es ¿hasta qué punto los gobiernos se aprovechan de esa atención extrema que sus gobernados le prestan a dicho certamen para llevar a cabo actos, o modificar políticas?

Sería justo y además necesario mencionar aquí ese gran sofisma que fue el mundial de Argentina ´78 donde en plena dictadura militar y aprovechándose precisamente de este evento y la consiguiente distracción de los argentinos, fueron desaparecidos cientos de ciudadanos.

Y otra pregunta que puede ser más directa ¿Qué suceso importante de la realidad nacional habría sido omitido por nuestras empresas de la comunicación aprovechando el fanatismo de nuestros ciudadanos?

Empecemos por mencionar la reunión que se presentó en lo que ahora conocemos como Villa Esperanza, entre los cabecillas de las autodefensas y altos mandos del gobierno. Este encuentro se produjo precisamente en un momento crítico de las negociaciones entre el gobierno y el mencionado grupo paramilitar. ¿Qué se habló allí? ¿Cuáles fueron las soluciones que se dieron a las amenazas por parte de dicho grupo de dejar la mesa y volver con sus armas al monte?.... Alemania 2 - Ecuador 3.

¿Por qué no se supo nada antes de que estallara en el Medio Oriente, una de las acciones bélicas más atroces que los judíos hayan tomado contra sus vecinos? Francia 3 - Brasil 2

Y es tan importante el fútbol que nuestro presidente una vez ganadas las elecciones para su segundo mandato, no se con el animo de ocultar qué, lanza la perla de que Colombia hará el mundial de fútbol en el 2014. Lo que si se es que a partir de que el señor Presidente de la Republica anunciara ésto, la atención de las empresas de la comunicación se abocó sobre este hecho dejando de lado algo que de verdad nos atañe: la Reforma Tributaría.

Y aquí la pregunta es ¿Será mas importante para los colombianos el que su Presidente sueñe con hacer un mundial, o por el contrario es más importante que mediante este sofisma de distracción nos oculten que nuestra canasta familiar va a ser grabada con el IVA generalizado?

¿Con qué interés dejan de lado nuestras empresas de la comunicación, un tema tan importante como el de la Reforma Tributaria, sólo por darle protagonismo a un propósito que además de estéril es casi una utopía, o más bien un absurdo?

¿No es acaso una de las obligaciones de dichas empresas el mantener bien informados a nuestros conciudadanos sobre el devenir político de la nación?

¿Escuchó alguien en los quince minutos de actualidad que se nos presentaba en los tele noticieros durante el mes en que funcionó el mundial algo sobre el TLC que Colombia firmara con el gobierno de los Estados Unidos? Inglaterra 1 - Ecuador 0

En definitiva sigo sospechando, y no creo ser el único, que ese evento deportivo se prestó y no sólo en nuestro país, sino en cada rincón del planeta para que los gobiernos hicieran y deshicieran, y lo que es peor, con la complicidad de quienes tienen por deber informar sobre lo realmente importante.

En fin, hay algo mucho más preocupante, y es que si lo que el pueblo quiere es circo se le da circo, aún si está poniéndose en peligro el pan, porque es eso precisamente lo que está en riesgo, el pan. Pero cuando preguntemos qué pasó con la Reforma Tributaría y con el TLC, nos responderán con boca llena, Nacional 1 - Medellín 2.

¿Quién es pues Meursault?

“Como si esa tremenda cólera me hubiese curado del mal, vaciado de esperanza, delante de esa noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, en fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me cabe esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y me reciban con gritos de odio”

Con este párrafo concluye una pieza maestra de la literatura del absurdo. El extranjero de Camus está atiborrado de mensajes de desdicha y desazón, parece que nada le importa a un hombre como Meursault, muchas veces pareciera que quiere simplemente no ser, todo parece medirlo con el mismo rasero.

Le otorga la misma importancia a la muerte de su madre que a la desaparición del perro de un señor amargado con el que comparte vecindario, parece un autómata, un ser inerme al que la sola razón de su existir lo tiene sin cuidado.

Ama por costumbre, y mata sin quererlo, pero ante todo y lo más importante, nada es para Meursault lo suficientemente relevante, todo pasa y nada trasciende en la vida de un hombre que podría ser lo más parecido al superhombre del que habla Nietzche, por su amoralidad, la facilidad para pasar de largo por la vida haciendo lo que desea sin medir consecuencias, porque para él las consecuencias siempre serán demasiado fáciles de llevar, especialmente porque ni la vida misma tiene importancia.


Mata a un hombre en una riña con la cual él no tiene nada que ver, es llevado a juicio y parece no importarle la gran probabilidad que tiene de ser ejecutado, pero a la vez a quienes lo juzgan parece importarles mucho más que no haya llorado el día que enterró a su madre que el mismo hecho de haber asesinado a un hombre.

“Pensé que, al cabo, era un domingo de menos, que mamá estaba ahora enterrada, que iba a volver a mi trabajo y que después de todo, nada había cambiado”
La pregunta que me surge es: ¿hasta que punto fue este hombre condenado a muerte por hacer el amor con una mujer el día después de enterrar a su madre, que tampoco hizo siquiera un gesto, y no por el grave hecho de haber asesinado a alguien?

Al leer El Extranjero me parece estar en el mundo del absurdo de la sin razón, parece que para este desdichado hombre nada es tan importante como trasegar a dentelladas por una vida fútil, inútil, sin razón.

Para él no hay nada ni nadie importante, es un hombre sin alma, un hombre que no tiene ni Dios ni ley, más que su convicción de estar purgando la desdicha de existir.

Entonces Meursault es, en esencia un antihéroe, personifica la desaparición de los valores del hombre, degradado por el absurdo de un divagar sin fin alguno, no lo desvelan ni la muerte de una madre, ni el matrimonio, ni la amistad.

De otro lado lo que se rastrea en El extranjero es una crítica directa a la sociedad europea, la desaparición del individuo y la enajenación de las costumbres; para Meursault la felicidad no está en ningún lugar pero si dentro de sí mismo, en la seguridad de su propia existencia.

Desprovisto de todas las bellezas de su Europa de los años treinta, Camus, pareciera adelantársele al tiempo y describe de manera casi perfecta, lo que habría de suceder en Europa luego de la Segunda Guerra Mundial.

Tengo pues en frente, en mi concepto un autor que relata sobre lo absurdo del ser humano, sobre ese camino incesante que emprendemos de una manera u otra. Un camino que lleva irremediablemente hacia el desbarrancadero, por el mismo que sin pensarlo rodó nuestro personaje. Meursault es pues, el títere de ventrílocuo que grita ante lo absurdo de la existencia y el enajenamiento que producen al individuo las doctrinas, es en sí un nadaista.
Ojalá no llegue el día.

“El día de morir ya paso, el día de la muerte fue hace dos días que me le iba a aventar al Nenchí”

Dos meses antes de oírle pronunciar estas palabras, lo ví salir de casa con sus alforjas ajadas por el sol y cuarteadas por el sudor del lomo de su mula parda, llevaba también su sombrero alón y su infalible poncho blanco a rayas, así como su adorado carriel jericuano, ese mismo que brilla y tiene mas bolsillos que el chaleco de un fotógrafo.

Salio como de costumbre, antes de que rayara el alba, siempre ha sido una persona de madrugar a frentiar el corte, como dice él. Se dirigía a su terruño, en el mismo que desde hace tres décadas trabaja incansablemente para sacar adelante a mi madre su amada y a nosotros, sus hijos.

La finca está ubicada en una zona casi indómita, entre los municipios de Yarumal y Anorí, el primero lechero, y el segundo, hasta hace un par de lustros, aurífero, hasta que llegó la coca. Pero su terruño siempre estuvo aislado de esas nuevas formas fáciles de conseguir dinero, las mismas que han arrasado con nuestros campos. En su tierra siempre ha habido, ganado y caña, la misma que hace moler el trapiche de sus amores.

Siete horas hay por un camino tortuoso entre Medellín y Anorí, eso cuando el invierno no ha anegado la vía que los conecta. Cuando llegó como de costumbre, llamó a su casa a decir que había llegado sano y salvo, y emprendió el camino que sigue entre Anorí y su finca. Hasta ese momento tuvimos contacto con él. Pasó una semana hasta que el mayordomo de la finca llamó a mi hermano con vos temblorosa y le dijo, lo que, por la situación y los riesgos a que se enfrentaba mi padre, de una manera u otra, esperábamos que algún día sucediera.

“Don Jaime a su papá lo secuestraron”, dijo la vos entrecortada del otro lado de la bocina. “Nosotros bajábamos a llevar la plata que los elenos le habían pedido a su papa y allá lo dejaron”

Desde ese momento y durante dos meses, mi familia y yo pasamos una de las penas más grandes que la familia, como núcleo de una sociedad puede sufrir. Esa misma pena que según la presidencia de la republica, desde que comenzó el 2006 año hasta el 31 de mayo, están pasando 108 familias en todo el país, y eso sin contar los miles que aún siguen en cautiverio, desde quien sabe cuantos años.

De vuelta a Anorí, pueblo encumbrado en una de esas montañas alejadas en Antioquia. En donde, como dice el adagio popular, “muchos nacen pero pocos se crían”. Allí precisamente fue donde nació el Ejército de Liberación Nacional ELN, después del asesinato a manos del estado, de unos tales hermanos Vásquez Castaño.

Este precisamente fue el grupo que retuvo a mi padre, el mismo que según el GAULA tiene retenidos en esa misma zona a cerca de diez comerciantes. La gente los conoce como los elenos.

Esos mismos que están tratando de negociar una escurridiza paz con el gobierno, los mismos que prendieron candela a un pueblo entero cuando dinamitaron un oleoducto, esos mismos que tenían a un cura por comandante.

En fin que después de comidas todas las uñas y flaco de no comer, al noveno día de cautiverio llamaron a mi casa y preciso, me cogieron solo, eran eso de las ocho de la mañana y yo estaba aún entre dormido. “buenas mire, lo llamamos del Ejercito Nacional de Liberación ELN, es que nosotros tenemos retenido a su papá, llamó es haber como podemos arreglar pues pa´ entrégaselo”.

De ese momento en adelante comienza lo peor de este cuento. La negociación es la parte donde mas se apoderan de las pobres familias, amedrentan al que conteste y si lo cogen de capa caída, ese teléfono que uno tiene en la oreja, lo siente como un fusil AK 47 en la cien, se aprovechan del poder de la palabra y te dejan inmovilizado.

Afortunadamente en nuestro caso, hicimos todo un trabajo de inteligencia con mi familia y llegamos al acuerdo que el quien a llevar la negociación sería Néstor mi hermano. De ahí en más el estuvo al frente de ellos y nosotros haciéndole barra pa´ que no se dejara amedrentar.

Llamaban cuando les daba la gana pedían lo que les daba la gana, y eso si, decían las cosas de la manera mas simple pero también de la mas intimidante.

Así se pasaron los dos meses de cautiverio ellos jueguen con uno y uno resé lo que se sepa. Creo que conocí los santos que usted no se pueda imaginar, y no solo santos, desde ese tiempo tengo muchos elefantes pequeñitos en la pieza que por que son de buena suerte, tengo también un atrápasueños para las pesadillas que me atracaban a media noche, y además hasta un beato paisano mió, a marianito.

Ellos creían estar recateando como turcos por un trozo de marfil, nosotros teníamos para dar por la vida de mi padre un mísero trozo de marfil, pero querían tres de estos, el problema grave fue que no los teníamos. Y así el tira y afloja hasta que conseguimos la liberación por papá, como hacen, según el GAULA, el 98% de las familias de secuestrados.

El 20 de mayo nos fuimos todos hacia Yarumal, la entrega se haría en un corregimiento cercano, como no queríamos dar papaya, como dice el dicho, enviamos un carrito campero de un señor que trabaja por la zona a su encuentro, la espera fue terrible hasta que de pronto. Ring ring, sonó el teléfono, que hubo mijo dijo una vos quebrada de llanto del otro lado de la bocina, era él mi papa.

Vayan bajando que en 15 minutos estoy llegando, raudos y veloces salimos a su encuentro, ahí viene grito mi hermano, estábamos en una carretera destapada donde no se veía ni para conversar como diría mi papa, pero ahí estaba él, apenas vio a su familia reunida lloro y grito de la emoción, cundo me abrazo, me dijo al oído. “El día de morir ya paso, el día de la muerte fue hace dos días que me le iba a aventar al Nenchí”

Wednesday, June 07, 2006

El gota a gota, otro nombre para la usura.

Desde hace más o menos cuatro años ha venido creciendo en la ciudad un negocio de prestamistas. Se trata de personajes que prestan dinero con intereses superiores al 10%, y que van por toda la ciudad buscando potenciales clientes; una vez les prestan el dinero, los visitan religiosamente todos los días y les cobran el porcentaje que les corresponde.

El “Mono”,[1] un personaje que vende churros, esos aritos de masa fritos pasados por azúcar que tanto gustan por estas tierras, es una de las numerosas personas que han acudido a este recurso para conseguir dinero prestado, no importándole, al parecer, tener que pagar por ello hasta casi el 20% del valor del préstamo en intereses

Él utiliza este recurso hace más o menos cuatro años, “lo que hace que los ve uno por ahí”. Dice además que nunca los necesitó cuando no los había, “pero uno que es como bobo, yo nunca necesité de eso, pero usted sabe que uno es muy necio y se gasta la plata en juego y mujeres.”

Como a él, a muchos ciudadanos les llegan cada día a sus puertas o a sus carritos de fritos como es el caso del “Mono”, hombres, por lo general jóvenes bien vestidos que, vienen a recoger la cuota del día; se desplazan por la ciudad, la mayoría de ellos en motocicletas y sus herramientas son una libreta de apuntes y una “riñonera” o “canguro” terciado a su espalda, algunos de ellos llevan también consigo armas de fuego.

Felipe está del otro lado, el es uno de esos jóvenes bien vestidos que andan buscando personajes como el “Mono”, su área de trabajo la comprenden la Plaza Minorista y los barrios noroccidentales de la ciudad. Él como muchos jóvenes de la ciudad encuentra ocupación en este negocio. Dice Felipe que él es un simple asalariado más, le pagan semanalmente un salario que está cercano a los $180.000 pesos, además lo proveen de transporte, le entregan una moto de bajo cilindraje y el patrón corre con los gastos de funcionamiento del vehículo.


“A mi me pagan semanalmente, no tengo que gastar en transporte, además la moto mía no la muevo mucho; me queda la platica pulpita. La otra cosa es que tiene que estar muy pilas con los clientes toca visitarlos diario, y también el riesgo de que lo atraquen por ahí a uno, o que no le paguen”, comenta.

Las sumas que suelen ser prestadas, excepcionalmente exceden los $500.000 pesos, pero una vez conseguido el cliente el negocio se hace de la siguiente manera: Se recogen los datos en una tarjeta que tiene cuarenta cuadros que son los cuarenta días a los que se presta el dinero. Y cada cuadro es una cuota y cada una es el tres por ciento de la cantidad prestada, es decir, que después de cuarenta días el cliente habrá pagado el ciento por ciento de la suma, más un veinte por ciento de los intereses. Para mejor decir, si pido prestado un millón de pesos, terminaré pagando en un término de cuarenta días la módica suma de 1´200.000. Pesos.

Ésto, claramente se llama usura y está tipificado en el Código Civil de nuestro país como un delito, y quien lo cometa incurrirá, según dicho código, en prisión de dos a cinco años y deberá pagar una multa de 50 salarios mínimos legales vigentes.

La otra cara de la moneda es la displicencia con la que las autoridades han tratado este tema. Hasta el momento en que termino de escribir este informe no ha sido procesada ninguna persona en la ciudad por el delito de usura, por lo menos el conocido como “gota a gota”.

Y mientras el “Mono” sigue trabajando para pagar los gustitos con sus mujeres y sus traguitos, Felipe seguirá recorriendo la ciudad en su motocicleta en la búsqueda de potenciales clientes que quieran por necesidad o no, ser victimas de la usura.
[1] Los nombres de las fuentes se cambian por petición de los entrevistados.